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viernes, 6 de diciembre de 2013

Navidad en la literatura

Cuento de navidad     

Cuento de Navidad
 De Ray Bradbury
   El día siguiente sería Navidad y, mientras los tres se dirigían a la estación de naves espaciales, el padre y la madre estaban preocupados. Era el primer vuelo que el niño realizaría por el espacio, su primer viaje en cohete, y deseaban que fuera lo más agradable posible. Cuando en la aduana les obligaron a dejar el regalo porque pasaba unos pocos kilos del peso máximo permitido y el arbolito con sus hermosas velas blancas, sintieron que les quitaban algo muy importante para celebrar esa fiesta. El niño esperaba a sus padres en la terminal. Cuando estos llegaron, murmuraban algo contra los oficiales interplanetarios. 

-- )Qué haremos?

-- Nada, )qué podemos hacer?
-- (Al niño le hacía tanta ilusión el árbol!
La sirena aulló, y los pasajeros fueron hacia el cohete de Marte. La madre y el padre fueron los últimos en entrar. El niño iba entre ellos. pálido y silencioso.
-- Ya se me ocurrirá algo --dijo el padre.
-- )Qué...? --preguntó el niño.
El cohete despegó y se lanzó hacia arriba al espacio oscuro. Lanzó una estela de fuego y dejó atrás la Tierra, un 24 de diciembre de 2052, para dirigirse a un lugar donde no había tiempo, donde no había meses, ni años, ni 

horas. Los pasajeros durmieron durante el resto del primer "día". Cerca de medianoche, hora terráquea
según sus relojes neyorquinos, el niño despertó y dijo:
-- Quiero mirar por el ojo de buey.
-- Todavía no --dijo el padre--. Más tarde.
-- Quiero ver dónde estamos y a dónde vamos.
-- Espera un poco --dijo el padre.
El padre había estado despierto, volviéndose a un lado y a otro, pensando en la fiesta de Navidad, en los regalos y en el árbol con sus velas blancas que había  2 tenido que dejar en la aduana. Al fin creyó haber encontrado 

una idea que, si daba resultado, haría que el viaje sería feliz y maravilloso.
-- Hijo mío --dijo--, dentro de medía hora será Navidad.
La madre lo miró consternada; había esperado que de algún modo el niño lo olvidaría. El rostro del pequeño se iluminó; le temblaron los labios.
-- Sí, ya lo sé. )Tendré un regalo? )tendré un árbol? Me lo prometisteis.
-- Sí, sí. todo eso y mucho más --dijo el padre.
-- Pero... --empezó a decir la madre.
-- Sí --dijo el padre--. Sí, de veras. Todo eso y más, mucho más. Perdón, un momento. Vuelvo pronto.
Los dejó solos unos veinte minutos. Cuando regresó, sonreía.
-- Ya es casi la hora.
-- )Puedo tener un reloj? --preguntó el niño.
Le dieron el reloj, y el niño lo sostuvo entre los dedos: un resto del tiempo arrastrado por el fuego, el silencio y el momento insensible.
-- (Navidad! (Ya es Navidad! )Dónde está mi regalo?
-- Ven, vamos a verlo --dijo el padre, y tomó al niño de la mano.
Salieron de la cabina, cruzaron el pasillo y subieron por una rampa. La madre los seguía.
-- No entiendo.
-- Ya lo entenderás --dijo el padre--. Hemos llegado.
Se detuvieron frente a una puerta cerrada que daba a una cabina. El padre llamó tres veces y luego dos, empleando un código. La puerta se abrió, llegó luz desde la cabina, y se oyó un murmullo de voces.
-- Entra, hijo.
-- Está oscuro.
-- No tengas miedo, te llevaré de la mano. Entra, mamá. 
Entraron en el cuarto y la puerta se cerró; el cuarto realmente estaba muy oscuro. Ante ellos se abría un inmenso ojo de vidrio, el ojo de buey, una ventana de metro y medio de alto por dos de ancho, por la cual podían 

ver el espacio. el niño se quedó sin aliento, maravillado. Detrás, el padre y la madre contemplaron 

el espectáculo, y entonces, en la oscuridad del cuarto, varias personas se pusieron a cantar.

-- Feliz Navidad, hijo -- dijo el padre.
Resonaron los viejos y familiares villancicos; el niño avanzo lentamente y aplastó la nariz contra el frío vidrio del ojo de buey. Y allí se quedó largo rato, simplemente mirando el espacio, la noche profunda y el resplandor, el resplandor de cien mil millones de maravillosas velas blancas.


El gigante egoísta
El gigante egoísta
de Oscar Wilde

Todas las tardes, a la salida de la escuela, los niños se habían acostumbrado a ir a jugar al jardín del gigante. Era un jardín grande y hermoso, cubierto de verde y suave césped. Dispersas sobre la hierba brillaban bellas flores como estrellas, y había una docena de melocotones que, en primavera, se cubrían de delicados capullos rosados, y en otoño daban sabroso fruto.
Los pájaros se posaban en los árboles y cantaban tan deliciosamente que los niños interrumpían sus juegos para escucharlos.
-¡Qué felices somos aquí!- se gritaban unos a otros.
Un día el gigante regresó. Había ido a visitar a su amigo, el ogro de Cornualles, y permaneció con él durante siete años. Transcurridos los siete años, había dicho todo lo que tenía que decir, pues su conversación era limitada, y decidió volver a su castillo. Al llegar vio a los niños jugando en el jardín.
-¿Qué estáis haciendo aquí?- les gritó con voz agria. Y los niños salieron corriendo.
-Mi jardín es mi jardín- dijo el gigante. -Ya es hora de que lo entendáis, y no voy a permitir que nadie mas que yo juegue en él.
Entonces construyó un alto muro alrededor y puso este cartel: Prohibida la entrada. Los transgresores serán procesados judicialmente.
Era un gigante muy egoísta.
Los pobres niños no tenían ahora donde jugar.
Trataron de hacerlo en la carretera, pero la carretera estaba llena de polvo y agudas piedras, y no les gustó.
Se acostumbraron a vagar, una vez terminadas sus lecciones, alrededor del alto muro, para hablar del hermoso jardín que había al otro lado.
-¡Que felices éramos allí!- se decían unos a otros.
Entonces llegó la primavera y todo el país se llenó de capullos y pajaritos. Solo en el jardín del gigante egoísta continuaba el invierno.
Los pájaros no se preocupaban de cantar en él desde que no había niños, y los árboles se olvidaban de florecer. Solo una bonita flor levantó su cabeza entre el césped, pero cuando vio el cartel se entristeció tanto, pensando en los niños, que se dejó caer otra vez en tierra y se echó a dormir.
Los únicos complacidos eran la Nieve y el Hielo.
-La primavera se ha olvidado de este jardín- gritaban. -Podremos vivir aquí durante todo el año
La Nieve cubrió todo el césped con su manto blanco y el Hielo pintó de plata todos los árboles. Entonces invitaron al viento del Norte a pasar una temporada con ellos, y el Viento aceptó.
Llegó envuelto en pieles y aullaba todo el día por el jardín, derribando los capuchones de la chimeneas.
-Este es un sitio delicioso- decía. -Tendremos que invitar al Granizo a visitarnos.
Y llegó el Granizo. Cada día durante tres horas tocaba el tambor sobre el tejado del castillo, hasta que rompió la mayoría de las pizarras, y entonces se puso a dar vueltas alrededor del jardín corriendo lo más veloz que pudo. Vestía de gris y su aliento era como el hielo.
-No puedo comprender como la primavera tarda tanto en llegar- decía el gigante egoísta, al asomarse a la ventana y ver su jardín blanco y frío. -¡Espero que este tiempo cambiará!
Pero la primavera no llegó, y el verano tampoco. El otoño dio dorados frutos a todos los jardines, pero al jardín del gigante no le dio ninguno.
-Es demasiado egoísta- se dijo.
Así pues, siempre era invierno en casa del gigante, y el Viento del Norte, el Hielo, el Granizo y la Nieve danzaban entre los árboles.
Una mañana el gigante yacía despierto en su cama, cuando oyó una música deliciosa. Sonaba tan dulcemente en sus oídos que creyó sería los músicos del rey que pasaban por allí. En realidad solo era un jilguerillo que cantaba ante su ventana, pero hacía tanto tiempo que no oía cantar un pájaro en su jardín, que le pareció la música más bella del mundo. Entonces el Granizo dejó de bailar sobre su cabeza, el Viento del Norte dejó de rugir, y un delicado perfume llegó hasta él, a través de la ventana abierta.
-Creo que, por fin, ha llegado la primavera- dijo el gigante; y saltando de la cama miró el exterior. ¿Qué es lo que vio?
Vio un espectáculo maravilloso. Por una brecha abierta en el muro los niños habían penetrado en el jardín, habían subido a los árboles y estaban sentados en sus ramas. En todos los árboles que estaban al alcance de su vista, había un niño. Y los árboles se sentían tan dichosos de volver a tener consigo a los niños, que se habían cubierto de capullos y agitaban suavemente sus brazos sobre las cabezas de los pequeños.
Los pájaros revoloteaban y parloteaban con deleite, y las flores reían irguiendo sus cabezas sobre el césped. Era una escena encantadora. Sólo en un rincón continuaba siendo invierno. Era el rincón más apartado del jardín, y allí se encontraba un niño muy pequeño. Tan pequeño era, no podía alcanzar las ramas del árbol, y daba vueltas a su alrededor llorando amargamente. El pobre árbol seguía aún cubierto de hielo y nieve, y el Viento del Norte soplaba y rugía en torno a él.
-¡Sube, pequeño!- decía el árbol, y le tendía sus ramas tan bajo como podía; pero el niño era demasiado pequeño. El corazón del gigante se enterneció al contemplar ese espectáculo.
-¡Qué egoísta he sido- se dijo. -Ahora comprendo por qué la primavera no ha venido hasta aquí. Voy a colocar al pobre pequeño sobre la copa del árbol, derribaré el muro y mi jardín será el parque de recreo de los niños para siempre.
Estaba verdaderamente apenado por lo que había hecho.
Se precipitó escaleras abajo, abrió la puerta principal con toda suavidad y salió al jardín.
Pero los niños quedaron tan asustados cuando lo vieron, que huyeron corriendo, y en el jardín volvió a ser invierno.
Sólo el niño pequeño no corrió, pues sus ojos estaban tan llenos de lágrimas, que no vio acercarse al gigante. Y el gigante se deslizó por su espalda, lo cogió cariñosamente en su mano y lo colocó sobre el árbol. El árbol floreció inmediatamente, los pájaros fueron a cantar en él, y el niño extendió sus bracitos, rodeó con ellos el cuello del gigante y le besó.
Cuando los otros niños vieron que el gigante ya no era malo, volvieron corriendo y la primavera volvió con ellos.
-Desde ahora, este es vuestro jardín, queridos niños- dijo el gigante, y cogiendo una gran hacha derribó el muro. Y cuando al mediodía pasó la gente, yendo al mercado, encontraron al gigante jugando con los niños en el más hermoso de los jardines que jamás habían visto.
Durante todo el día estuvieron jugando y al atardecer fueron a despedirse del gigante.
-Pero, ¿dónde está vuestro pequeño compañero, el niño que subí al árbol?- preguntó.
El gigante era a este al que más quería, porque lo había besado.
-No sabemos contestaron los niños- se ha marchado.
-Debéis decirle que venga mañana sin falta- dijo el gigante.
Pero los niños dijeron que no sabían donde vivía y nunca antes lo habían visto. El gigante se quedó muy triste.
Todas las tardes, cuando terminaba la escuela, los niños iban y jugaban con el gigante. Pero al niño pequeño, que tanto quería el gigante, no se le volvió a ver. El gigante era muy bondadoso con todos los niños pero echaba de menos a su primer amiguito y a menudo hablaba de él.
-¡Cuánto me gustaría verlo!- solía decir.
Los años transcurrieron y el gigante envejeció mucho y cada vez estaba más débil. Ya no podía tomar parte en los juegos; sentado en un gran sillón veía jugar a los niños y admiraba su jardín.
-Tengo muchas flores hermosas- decía, pero los niños son las flores más bellas.
Una mañana invernal miró por la ventana, mientras se estaba vistiendo. Ya no detestaba el invierno, pues sabía que no es sino la primavera adormecida y el reposo de las flores.
De pronto se frotó los ojos atónito y miró y remiró. Verdaderamente era una visión maravillosa. En el más alejado rincón del jardín había un árbol completamente cubierto de hermosos capullos blancos. Sus ramas eran doradas, frutos de plata colgaban de ellas y debajo, de pie, estaba el pequeño al que tanto quiso.
El gigante corrió escaleras abajo con gran alegría y salió al jardín. Corrió precipitadamente por el césped y llegó cerca del niño. Cuando estuvo junto a él, su cara enrojeció de cólera y exclamó:
- ¿Quién se atrevió a herirte?- Pues en las palmas de sus manos se veían las señales de dos clavos, y las mismas señales se veían en los piececitos.
-¿Quién se ha atrevido a herirte?- gritó el gigante. -Dímelo para que pueda coger mi espada y matarle.
-No- replicó el niño, pues estas son las heridas del amor.
-¿Quién eres?- dijo el gigante; y un extraño temor lo invadió, haciéndole caer de rodillas ante el pequeño.
Y el niño sonrió al gigante y le dijo:
-Una vez me dejaste jugar en tu jardín, hoy vendrás conmigo a mi jardín, que es el Paraíso.
Y cuando llegaron los niños aquella tarde, encontraron al gigante tendido, muerto, bajo el árbol, todo cubierto de capullos blancos.


El cántico de Navidad (1883)  de Charles Dickens 

traducción de Luis Barthe

BIBLIOTECA UNIVERSAL





ESTROFA PRIMERA

Para empezar: Marley había muerto. Sobre ello no había ni la menor sombra de duda. La partida de defunción estaba firmada por el cura, por el sacristán, por el encargado de las pompas fúnebres y por el presidente del duelo. Scrooge la había firmado y la firma de Scrooge circulaba sin inconveniente en la Bolsa, cualquiera que fuera el papel donde la fijara.
 El viejo Marley estaba tan muerto como un clavo de puerta [1].
 Aguardad: con esto no quiero decir que yo conozca, por mí mismo, lo que hay de especialmente muerto en un clavo. Si me dejara llevar de mis opiniones, creería mejor que un clavo de ataud es el trozo de hierro más muerto que puede existir en el comercio; pero como la sabiduría de nuestros antepasados brilla en las comparaciones, no me atrevo, con mis profanas manos, á tocar á tan venerados recuerdos. De otra manera ¡qué sería de nuestro país! Permitidme, pues, repetir enérgicamente que Marley estaba tan muerto como un clavo de puerta.
 ¿Lo sabia así Scrooge? A no dudarlo. Forzosamente debía de saberlo. Scrooge y él, por espacio de no sé cuántos años, habían sido socios. Scrooge era su único ejecutor testamentario, su único administrador, su único poderhabiente, su único legatario universal, su único amigo, el único que acompañó el féretro, aunque, á decir verdad, este tristísimo suceso no le sobrecogió de modo que no pudiera, en el mismo día de los funerales, mostrarse como hábil hombre de negocios y llevar á cabo una venta de las más productivas.
 El recuerdo de los funerales de Marley me coloca otra vez en el punto donde he empezado. No cabe duda en que Marley había fallecido, circunstancia que debe fijar mucho nuestra atención, porque si no la presente historia no tendría nada de maravillosa.
 Si no estuviéramos convencidos de que el padre de Hámlet [2] ha muerto antes de que la tragedia dé principio, no tendría nada de extraño que lo viéramos pasear al pié de las murallas de la ciudad y expuesto á la intemperie; lo mismo exactamente, que si viéramos á otra persona de edad provecta pasearse á horas desusadas en medio de la oscuridad de la noche y por lugares donde soplara un viento helador; verbigracia, el cementerio de San Pablo, y tratándose del padre de Hámlet, tan sólo impresiona la ofuscada imaginación de su hijo.
 Scrooge no borró jamás el nombre del viejo Marley. Todavía lo conservaba escrito, años después, encima de la puerta del almacen: Scrooge y Marley. La casa de comercio era conocida bajo esta razón. Algunas personas poco al corriente de los negocios lo llamaban Scrooge-Scrooge; otras, Marley sencillamente, mas él contestaba por los dos nombres; para él no constituía más que uno.
 ¡Oh! ¡Y que sentaba bien la mano sobre sus negocios! Aquel empedernido pecador era un avaro que sabía agarrar con fuerza, arrancar, retorcer, apretar, raspar y, sobre todo, duro y cortante como esos pedernales que no despiden vivíficas chispas si no al contacto del eslabón. Vivía ensimismado en sus pensamientos, sin comunicarlos, y solitario como un hongo. La frialdad interior que había en él le helaba la aviejada fisonomía, le coloreaba la puntiaguda nariz, le arrugaba las mejillas, le enrojecía los párpados, le envaraba las piernas, le azuleaba los delgados labios y le enroquecía la voz. Su cabeza, sus cejas y su barba fina y nerviosa parecían como recubiertas de escarcha. Siempre y á todas partes llevaba la temperatura bajo cero: transmitía el frio á sus oficinas en los días caniculares y no las deshelaba, ni siquiera de un grado, por Navidad.
 El calor y el frio exteriores ejercían muy poca influencia sobre Scrooge. El calor del verano no le calentaba y el invierno más riguroso no llegaba á enfriarle. Ninguna ráfaga de viento era más desapacible que él. Jamás se vió nieve que cayera tan rectamente como él iba derecho á su objeto, ni aguacero más sostenido. El mal tiempo no encontraba manera de mortificarle: las lluvias más copiosas, la nieve, el granizo no podían jactarse de tener sobre él más que una ventaja: la de que caían con profusión; Scrooge no conoció nunca esta palabra.
 Nadie lo detenía en la calle para decirle con aire de júbilo: ¿Cómo se encuentra usted, mi querido Scrooge? ¿Cuándo vendrá usted á verme? Ningún mendigo le pedía ni la más pequeña limosna; ningún niño le preguntaba por la hora. Nunca se vio a nadie, ya hombre, ya mujer, solicitar de él que les indicase el camino. Hasta los perros de ciego daban muestras de conocerle, y cuando le veían llevaban á sus dueños al hueco de una puerta ó á una callejuela retirada, meneando la cola como quien dice: «Pobre amo mío: mejor es que no veas, que no ver á ese hombre.»
 Pero ¿qué le importaba esto á Scrooge? Precisamente era lo que quería: ir solo por el ancho camino de la existencia, tan frecuentado por la muchedumbre de los hombres, intimándoles con el aspecto de la persona, como si fuera un rótulo, que se apartasen. Esto era en Scrooge como el mejor plato para un goloso.
 Un día, el más notable de todos los buenos del año, la víspera de Navidad, el viejo Scrooge estaba sentado á su bufete y muy entretenido en sus negocios. Hacia un frio penetrante. Reinaba le niebla. Scrooge podía oír cómo las gentes iban de un lado á otro por la calle soplándose las puntas de los dedos, respirando ruidosamente, golpeándose el cuerpo con las manos y pisando con fuerza para calentarse los pies.
 Las tres de la tarde acababan de dar en los relojes de la City [3], y con todo casi era de noche. El día había estado muy sombrío. Las luces que brillaban en las oficinas inmediatas, parecían como manchas de grasa enrojecida, y se destacaban sobre el fondo de aquella atmósfera tan negruzca y por decirlo así, palpable. La niebla penetraba en el interior de las casas por todos los resquicios y por los huecos de las cerraduras: fuera había llegado su densidad á tal extremo, que si bien la calle era muy estrecha, las casas de enfrente se asemejaban á fantasmas. Al contemplar cómo aquel espeso nublado descendía cada vez más, envolviendo todos los objetos en una profunda oscuridad, se podía creer que la naturaleza trataba de establecerse allí para explotar una cervecería en grande escala.
 La puerta del despacho de Scrooge continuaba abierta, á fin de poder éste vigilar á su dependiente dentro de la pequeña y triste celdilla, á manera de sombría cisterna, donde se ocupaba en copiar cartas. La estufa de Scrooge tenía poco fuego, pero menos aún la del dependiente: aparentaba no encerrar más que un pedazo de carbón. Y el desgraciado no podía alimentarla mucho, porque en cuanto iba con el cogedor á preveerse, Scrooge, que atendía por sí á la custodia del combustible, no se recataba de manifestar á aquel infeliz que cuidase de no ponerlo en el caso de despedirle. Por este motivo el dependiente se envolvía en su tapabocas blanco y se esforzaba en calentarse á la luz de la vela; pero como era hombre de poquísima imaginación, sus tentativas resultaban infructuosas.
 —Os deseo una regocijada Noche Buena, tío mío, y que Dios os conserve; gritó alegremente uno. Era la voz del sobrino de Scrooge. Este, que ocupado en sus combinaciones no le había visto llegar, quedó sorprendido.
 —Bah, dijo Scrooge; tonterías.
 Venia tan agitado el sobrino á consecuencia de su rápida marcha, en medio de aquel frio y de aquella niebla, que despedía fuego; su rostro estaba encendido como una cereza; sus ojos chispeaban y el vaho de su aliento humeaba.
 —¡La Noche Buena una tontería, tío mío! No es esto sin duda lo que queréis decir.
 —Sí tal, dijo Scrooge. ¡Una regocijada Noche Buena! ¿Qué derecho os asiste para estar contento? ¿Qué razón para abandonaros á unas alegrías tan ruinosas? Bastante pobre sois.
 —Vamos, vamos, dijo alborozadamente el sobrino; ¿en qué derecho os apoyáis para estar triste? ¿En qué motivo para entregaros á esas abrumadoras cifras? Usted es bastante rico.
 —Bah, dijo Scrooge, que por entonces no encontraba otra contestación mejor que dar; y su ¡bah! fue seguido de la palabra de antes: tonterías.
 —No os pongáis de mal humor, tío mío, exclamó el sobrino.
 —Y cómo no ponerme, cuando se vive en un mundo de locos cual lo es este. ¡Una regocijada Noche Buena! Váyanse al diablo todas ellas. ¿Qué es la Navidad, sino una época en que vencen muchos pagarés y en que hay que pagarlos aunque no se tenga dinero? ¡Un día en que os encontráis más viejo de un año, y no más rico de una hora! ¡Un día en que después de hacer el balance de vuestras cuentas, observáis que en los doce meses transcurridos no habéis ganado nada. Si yo pudiera obrar según pienso, continuó Scrooge con acento indignado, todos los tontos que circulan por esas calles celebrando la Noche Buena, serian puestos á cocer en su propio caldo, dentro de un perol y enterrados con una rama de acebo atravesada por el corazón: así, así.
 —Tío mío, exclamó el sobrino queriendo defender la Noche Buena.
 —Sobrino mío, replicó Scrooge severamente; podéis gozar de la Noche Buena á vuestro gusto; dejadme celebrarla al mío.
 —¡Celebrar la Noche Buena! repitió el sobrino; ¡pero si no la celebráis!
 —Entonces dejadme no gozarla. Que os haga buen provecho. ¡Como os ha reportado tanta utilidad!
 —Muchas cosas hay, lo declaro, de las que hubiera podido obtener algunas ventajas que no he obtenido, y entre otras de la Noche Buena; pero á lo menos he considerado este día (dejando aparte el respeto debido á su sagrado nombre y á su origen divino, si es que pueden ser dejados aparte tratándose de la Noche Buena) como un hermoso día, como un día de benevolencia, de perdón, de caridad y de placer; el único del largo calendario del año en el que, según creo, todos, hombres y mujeres, parece que descubren por consentimiento unánime, parece que manifiestan sin empacho, cuantos secretos guardan en su corazón y que ven en los individuos de inferior clase á la suya, como verdaderos compañeros de viaje en el camino del sepulcro, y no otra especie de seres que se dirigen á diverso fin. Por eso, tío mío, aunque no haya depositado en mi bolsillo ni la más pequeña moneda de oro ó de plata, creo que la Noche Buena me ha producido bien y que me lo producirá todavía. Por eso grito: ¡viva la Noche Buena!
 El dependiente aplaudió desde su cuchitril involuntariamente; pero habiendo echado de ver en el acto la inconveniencia que había cometido, se puso á revolver el fuego y acabó de apagarlo.
 —Si oigo el menor ruido donde estáis, gritó Scrooge, celebrareis la Noche Buena perdiendo el empleo. En cuanto á vos, prosiguió encarándose con su sobrino, sois verdaderamente un orador muy distinguido. Me admiro de no veros sentado en los bancos del Parlamento.
 —No os incomodéis, tío mío. Ea, venid á comer con nosotros mañana.
 Scrooge le repuso que querría verle en... sí, verdaderamente lo dijo. Profirió la frase completa diciendo que lo querría ver mejor en... (el lector acabará si le parece.)
 —Pero ¿por qué? exclamó el sobrino; ¿por qué?
 —¿Por qué os habéis casado? preguntó Scrooge.
 —Porque me enamoré.
 —¡Porque os enamorasteis! refunfuñó Scrooge, como si aquello fuera la mayor tontería después de la de Noche Buena: buenas noches.
 —Pero tío, antes de mi boda no ibais á visitarme nunca; ¿por qué la erigís en pretexto para no ir ahora?
 —Buenas noches, dijo Scrooge.
 —Nada deseo, nada solicito de vos. ¿Por qué no hemos de ser amigos?
 —Buenas noches, dijo Scrooge.
 —Estoy pesaroso, verdaderamente pesaroso de veros tan resuelto. Jamás hemos tenido nada el uno contra el otro; á lo menos yo. He dado este paso en honra de la Noche Buena, y conservaré mi buen humor hasta lo último; por lo tanto os deseo una felicísima Noche Buena.
 —Buenas noches, dijo Scrooge.
 —Y un buen principio de año.
 —Buenas noches.
 Y el sobrino abandonó el despacho sin dar la más pequeña muestra de descontento. Antes de salir á la calle se detuvo para felicitar al dependiente quien, aunque helado, sentía más calor que Scrooge, y le devolvió cordialmente la felicitación.
 —Hé ahí otro loco, murmuró Scrooge que los estaba oyendo. ¡Un dependiente con quince chelines (75 reales) por semana, esposa é hijos, hablando de la Noche Buena! Hay para encerrarse en un manicomio.
 Aquel loco perdido, después de saludar al sobrino de Scrooge, introdujo otras dos personas; dos señores de buen aspecto, de figura simpática, que se presentaron, sombrero en mano, á ver á Mr. Scrooge.
 —Scrooge y Marley, si no me equivoco, dijo uno de ellos consultando una lista. ¿A quién tengo el honor de hablar, á Mr. Scrooge ó á Mr. Marley?
 —Mr. Marley falleció hace siete años, contestó Scrooge; justamente se cumplen esta noche misma.
 —No abrigamos la menor duda en que la generosidad de dicho señor estará dignamente representada por su socio sobreviviente, dijo uno de los caballeros presentando varios documentos que le autorizaban para postular.
 Y lo estaba sin duda, porque Scrooge y Marley se parecían como dos gotas de agua. Al oír la palabra generosidad, Scrooge frunció las cejas, movió la cabeza y devolvió los documentos á su dueño.
 —En esta alegre época del año, Mr. Scrooge, dijo el postulante tomando una pluma, deseamos, más que en otra cualquiera, reunir algunos modestos ahorros para los pobres y necesitados que padecen terriblemente á consecuencia de lo crudo de la estación. Hay miles que carecen de lo más necesario, y cientos de miles que ni aún el más pequeño bienestar pueden permitirse.
 —¿No hay cárceles? preguntó Scrooge.
 —¡Oh! ¡Muchas! contestó el postulante dejando la pluma.
 —Y los asilos ¿no están abiertos? prosiguió Scrooge.
 —Seguramente, caballero, respondió el otro. Pluguiera a Dios que no lo estuviesen.
 —Las correcciones disciplinarias y la ley de pobres ¿rigen todavía? preguntó Scrooge.
 —Siempre y se las aplica con frecuencia.
 —¡Ah! Temía, en vista de lo que acabáis de decirme, que por alguna circunstancia imprevista, no funcionaban ya tan útiles instituciones; me alegro de saber lo contrario, dijo Scrooge.
 —Convencidos de que con ellas no se puede dar una satisfacción cristiana al cuerpo y al alma de muchas gentes, trabajamos algunos para reunir una pequeña cantidad con que comprar algo de carne, de cerveza y de carbón para calentarse. Nos hemos fijado en esta época, porque, de todas las del año, es cuando se deja sentir con más fuerza la necesidad; en la que la abundancia causa más alegría. ¿Por cuánto queréis suscribiros?
 —Por nada.
 —¿Deseáis conservar el incógnito?
 —Lo que deseo es que se me deje tranquilo. Puesto que me preguntáis lo que deseo, he aquí mi respuesta. Yo no me permito regocijarme en Noche Buena y no quiero proporcionar a los perezosos medios para regocijarse. Contribuyó al sostenimiento de las instituciones de que os hablaba hace poco: cuestan muy caras; los que no se encuentren bien en otra parte, pueden ir á ellas.
 —Hay muchos á quienes no les es dado y otros que preferirían morir antes.
 —Si prefieren morirse, harán muy bien en realizar esa idea, y en disminuir el excedente de la población. Por lo demás, bien podéis dispensarme; pero no entiendo nada de semejantes cosas.
 —Os sería facilísimo conocerlas, insinuó el postulante.
 —No es de mi incumbencia, contestó Scrooge. Un hombre tiene suficiente con sus negocios para no ocuparse en los de otros. Necesito todo mi tiempo para los míos. Buenas noches, señores.
 Viendo lo inútil que sería insistir, se retiraron los dos caballeros, y Scrooge volvió á su trabajo cada vez más satisfecho de su conducta, y con un humor más festivo que por lo común.
 A todo esto la niebla y la oscuridad se iban haciendo tan densas, que se veía á muchas gentes correr de un lado á otro con teas encendidas, ofreciendo sus servicios á los cocheros para andar delante de los caballos y guiarlos en su camino.
 La antigua torre de una iglesia, cuya vieja campana parecía que miraba curiosamente á Scrooge en su bufete á través de una ventana gótica practicada en el muro, se hizo invisible; el reloj dio las horas, las medias horas, los cuartos de hora en las nubes con vibraciones temblorosas y prolongadas, como si sus dientes hubiesen castañeteado en lo alto sobre la aterida cabeza de la campana. El frío aumentó de una manera intensa. En uno de los rincones del patio varios trabajadores, dedicados á la reparación de las cañerías del gas, habían encendido un enorme brasero, alrededor del cual estaban agrupados muchos hombres y niños haraposos, calentándose y guiñando los ojos con aire de satisfacción. El agua de la próxima fuente al manar se helaba, formando á manera de un cuadro en torno, que infundía horror.
 En los almacenes las ramas de acebo chisporroteaban al calor de las luces de gas, y lo teñían todo con sus rojizas vislumbres. Las tiendas de volatería y de ultramarinos lucían con desusada esplendidez, cual si quisieran significar que en todo aquel lujo no tenia nada que ver el interés de la ganancia.
 El alcalde de Londres, en su magnífica residencia consistorial, daba órdenes a sus cincuenta cocineros y á sus cincuenta reposteros para festejar la Noche Buena como debe festejarla un alcalde, y hasta el sastrecillo remendón a quien aquella autoridad había condenado el lunes precedente á una multa por haberlo encontrado ebrio y armando un barullo infernal en la calle, se preparaba para la comida del día siguiente, mientras que su escuálida mujer, llevando en sus brazos su no menos escuálido rorro, se encaminaba á la carnicería para hacer sus compras.
 A todo esto la niebla va en aumento; el frío va en aumento; frío helador, intenso. Si á la sazón el excelente San Dunstan, despreciando las armas de que por lo común se valía hubiera pellizcado al diablo en la nariz, de seguro que le habría hecho exhalar formidables rugidos. El propietario de una nariz joven, pequeña, roída por aquel frío tan famélico como los huesos son corroídos por los perros, aplicó su boca al agujero de la cerradura del despacho de Scrooge para regalarle una canción alusiva a las circunstancias. Scrooge empuñó su regla con un ademán tan enérgico, que el cantante huyó, todo azorado, abandonando el agujero de la cerradura á la niebla y á la escarcha, que se introdujeron precipitadamente en el despacho, como por simpatía hácia Scrooge.
 A lo último llegó la hora de cerrar la oficina. Scrooge se levantó de su banqueta, lleno de mal humor, dando así la señal de marcha al dependiente, quien le aguardaba en su cisterna, con el sombrero puesto, después de haber apagado la luz.
 —Supongo que deseareis tener libre el dia de mañana, dijo Scrooge.
 —Si lo creéis conveniente.
 —No me conviene; de ninguna manera. ¿Que diríais si os retuviera el sueldo de mañana? Os creeríais perjudicado.
 El empleado se sonrió ligeramente.
 —Y sin embargo, continuó Scrooge, a mí no me consideráis como perjudicado, á pesar de que os pago un dia por no hacer nada.
 El empleado hizo observar que aquello no tenía lugar más que una sola vez cada año.
 —Pobre fundamento para meter la mano en el bolsillo de un hombre todos los 25 de Diciembre, dijo Scrooge abotonándose la levita hasta el cuello. Supongo que necesitareis todo el día, pero confío en que me indemnizareis pasado mañana viniendo más temprano.
 El dependiente lo prometió y Scrooge salió refunfuñando. El almacén quedó cerrado en un santiamén; y el dependiente, dejando colgar las dos puntas de su tapabocas hasta el borde de la chaqueta (pues no se permitía el lujo de vestir gaban), echó a todo correr en dirección á su morada para jugar á la gallina ciega.
 Scrooge comió en el mezquino bodegón donde lo hacía comúnmente. Después de haber leído todos los periódicos, y ocupado el resto de la noche en recorrer su libro de cuentas, se dirigió a su casa para acostarse. Residía en la misma habitación que su antiguo asociado, compuesta de una hilera de aposentos oscuros, los cuales formaban parte de un antiguo y sombrío edificio, situado á la extremidad de una callejuela, de la que se despegaba tanto que no parecía sino que, habiendo ido á encajarse allí en su juventud, jugando al escondite con otras casas, no había sabido después encontrar el camino para volverse. Era un edificio antiguo y muy triste porque nadie vivía en él, exceptuando Scrooge: los otros compartimientos de la casa servían para despachos ó almacenes. El patio era tan oscuro que, sin embargo de conocerlo perfectamente Scrooge, se vio precisado á andar á tientas. La niebla y la escarcha cubrían de tal modo el añoso y sombrío portón de la casa, que semejaba la morada del genio del invierno, residente allí y absorbido en sus tristes meditaciones.
 La verdad es que el aldabón no ofrecía nada de especial, sino que era muy grande. La verdad es, repito, que Scrooge lo había visto por la mañana y por la tarde, todos los días, desde que habitaba en aquel edificio, y que en cuanto a eso que llaman imaginación, poseía tan poca como cualquier otro vecino de la City, incluso, aunque sea temerario decirlo, sus individuos de ayuntamiento. Es indispensable, además, tener en cuenta que Scrooge no había pensado, ni una sola vez, en Marley después del fallecimiento de su socio, ocurrido siete años antes, excepto aquella tarde. Ahora que me diga alguien, si sabe, cómo fue que Scrooge, en el momento de introducir la llave en la cerradura, vio en el aldabón, y esto sin pronunciar ningún conjuro, no un aldabón, sino la figura de Marley.
 Sí; indudablemente; la misma figura de Marley.
 Y no era una sombra invisible como la de los demás objetos del patio, sino que parecía estar rodeada de un fulgor siniestro, semejante al de un salmón podrido y guardado en un lugar oscuro. Su expresión no tenía nada que significase ira ó ferocidad; pero miraba á Scrooge, como Marley solía hacerlo, con sus anteojos de espectro levantados sobre su frente de aparecido. La cabellera se agitaba de una manera singular, como movida por un soplo ó vapor cálido, y aunque tenía los ojos desmesuradamente abiertos los conservaba inmóviles. Esta circunstancia y el color lívido de la figura la hacían horrorosa, pero el horror que experimentaba Scrooge a la vista de ella no era consecuencia de la figura, sino que precedía de él mismo, no de la expresión del rostro del aparecido. Así que se hubo fijado más atentamente no vio más que un aldabón.
 Decir que no se estremeció ó que su sangre no sufrió una sacudida terrible, como no la había sentido desde la infancia, sería faltar a la verdad; pero se sobrepuso, empuñó otra vez la llave le dio vuelta con movimiento brusco, entró y encendió la vela.
 Estuvo un momento indeciso antes de cerrar la puerta, y por precaución miró detrás de ella, cual si temiera ver de nuevo á Marley con su larga coleta, adelantándose por el vestíbulo; pero nada encontró, fuera de los tornillos que sujetaban el aldabón á la madera. ¡Bah, bah! exclamó más tranquilo; y cerró con ímpetu.
 El estruendo retumbó en toda la casa al igual de un trueno. Las habitaciones superiores, y los toneles que el almacenista de vinos guardaba en sus bodegas, produjeron un sonido particular como tomando parte en aquel concierto de ecos. Scrooge no era hombre á quien asustarán los ecos. Cerró sólidamente la puerta, cruzó el vestíbulo, y subió la escalera cuidando al paso de apretar bien la vela.
 Habláis algunas veces de las anchurosas escaleras de los edificios antiguos, en las cuales cabe perfectamente una carroza arrastrada por seis caballos, pero os aseguro que la de Scrooge era mayor, porque había capacidad en ella para contener un carruaje fúnebre subiéndolo cruzado con las portezuelas mirando á los tramos de escalera y la lanza tocando al muro: empresa fácil pues quedaba espacio para más. Sin duda se le figuró por eso á Scrooge, que veía andar delante de él en la oscuridad un cortejo fúnebre. Con una media docena de farolas de gas no hubiera habido suficiente para iluminar el vestíbulo: ya podéis figuraros la claridad qua habría con la vela de Scrooge.
 El continuaba su ascensión sin cuidarse de nada ya. La oscuridad es muy barata y por eso Scrooge la quería mucho; pero antes de cerrar la pesada puerta de su habitación, reconoció los aposentos de ésta, para ver si todo se hallaba en orden: acaso adoptó tal precaución, acordándose ligeramente de la inquietud que la misteriosa figura le había causado.
 El salón, la alcoba, los departamentos de desahogo, todo estaba en orden. Nadie había debajo de la mesa; nadie en el sofá. En el fogón lucia un mísero fuego: la cuchara y la taza estaban ya dispuestas y sobre las ascuas un perolillo con agua de avena (porque Scrooge padecía un constipado de cabeza). A nadie encontró debajo de la cama; á nadie en su gabinete; á nadie dentro de la bata que estaba, en forma sospechosa, pendiente de un clavo.
 Completamente tranquilo ya, Scrooge cerró la puerta con doble vuelta, precaución que no tomaba nunca, y asegurado contra toda sorpresa, se quitó la corbata, se puso la bata, las zapatillas y el gorro de dormir, y se sentó delante del fuego para tomar el cocimiento de avena.
 El fuego era positivamente mísero; tan mísero que no servía para nada en una noche como aquella. Scrooge se vio precisado á aproximarse mucho á él, á cobijarlo, digámoslo así, para experimentar alguna sensación de calor. El cuerpo del fogón construido hacía mucho tiempo, por algún fabricante holandés, estaba recubierto de azulejos flamencos donde se veían representadas escenas de la Sagrada Escritura. Había Abel y Cain, hijos de Faraón, reinas de Sabá, ángeles bajando del cielo sobre nubes que se parecían á lechos de pluma, Abraham, Balthasar, apóstoles embarcándose en esquifes á modo de salseras; cientos de figuras capaces de distraer la imaginación de Scrooge, y sin embargo el rostro de Marley sobrepujaba á todo. Si cada uno de aquellos azulejos hubiera empezado por tener las figuras borradas, y la facultad de imprimir en su superficie algo de los pensamientos sueltos de Scrooge, cada azulejo habría presentado la cabeza del viejo Marley.
 —Necedades, dijo Scrooge y dio a recorrer la habitación.
 Después de algunas vueltas se sentó. Como tenía la cabeza echada hacia atrás, sobre el respaldo de la butaca, sus ojos se detuvieron, por casualidad, en una campanilla que ya no servía, suspendida del techo y que comunicaba con el último piso del edificio, para un objeto desconocido.
 Con la mayor sorpresa, con inexplicable terror, observó Scrooge que ver la campanilla y ponerse ésta en movimiento fue todo uno. Al principio se balanceaba suavemente, tanto que apenas producía sonido; pero muy luego aumentó este considerablemente y todas las campanillas de la casa acompañaron á la primera.
 El repiqueteo no duró más que medio minuto ó un minuto, más á Scrooge se le figuró tan prolongado como una hora. Las campanillas terminaron cual si todas hubieran empezado á la vez. A este ruido sucedió otro de hierros que procedía de los subterráneos, como si alguien arrastrase una larga cadena sobre los toneles del almacenista de vinos. Scrooge recordó entonces haber oído referir, que en las casas donde existían duendes, éstos se presentaban siempre con cadenas.
 La puerta de los subterráneos se abrió con estrépito, y el ruido se hizo perceptible en el piso bajo; después en la escalera, hasta que, por último, se fue acercando á la puerta.
 —Lo dicho. Tonterías; exclamó Scrooge: no creo en ellas.
 Sin embargo mudó muy pronto de color porque vio al espectro, que atravesando sin la menor dificultad por la maciza puerta fue á colocarse ante él.
 Cuando la aparición penetraba, el mezquino fuego despidió un resplandor fugaz como diciendo: «lo conozco: es el espectro de Marley» y se extinguió.
 La misma cara, absolutamente la misma. Marley con su puntiaguda coleta, su chaleco habitual, sus pantalones ajustados, y sus botas, cuyas borlas de seda se balanceaban á compás con la coleta, con los faldones de la casaca, y con el tupé.
 La cadena con la que tanto ruido hacía la llevaba ceñida á la cintura, y era tan larga que le rodeaba todo el cuerpo, como si fuera un prolongado rabo: estaba hecha (porque Scrooge la observó de muy cerca) de arcas de seguridad, de llaves, de candados, de grandes libros, de papelotes y de bolsas muy pesadas de acero. El cuerpo del espíritu, se transparentaba hasta un extremo tal, que Scrooge, examinándole detenidamente á través del chaleco, pudo ver los botones que adornaban por detrás la casaca.
 Scrooge había oído referir que Marley estaba desprovisto de entrañas, pero hasta aquel momento no se convenció.
 No, y aún no lo creía. Por más que pudiese investigar con la mirada las cavidades interiores del espectro; por más que sintiera la influencia glacial de aquellas pupilas heladas por la muerte; por más que se fijaba hasta en el tejido del pañuelo que cubría la cabeza así como la barba de la aparición, detalle antes descuidado por Scrooge, aún se resistía a creer en lo que sus sentidos le manifestaban.
 —¿Qué quiere decir esto? preguntó Scrooge tan cáustico y tan frío como de costumbre. ¿Qué deseáis de mí?
 —Muchas cosas.
 Era indudablemente la voz de Marley.
 —¿Quién sois?
 —Preguntad mejor: ¿quién habéis sido?
 —¿Quién habéis sido, pues? dijo Scrooge levantando la voz. Muy castizo estáis para ser una sombra.
 —En el mundo fui socio vuestro.
 —¿Podéis... podéis sentaros? preguntó Scrooge con aire de duda.
 —Puedo.
 —Entonces hacedlo.
 Scrooge formuló la pregunta porque ignoraba si un espectro tan transparente podría encontrarse en las condiciones necesarias para tomar asiento, y consideraba que a ser esto, por casualidad, imposible, lo pondría en el caso de dar explicaciones muy difíciles; pero el fantasma se sentó frente a frente, al otro lado de la chimenea, como si estuviera muy avezado a ello.
 —¿No creéis en mí? preguntó el fantasma.
 —No, contestó Scrooge.
 —¿Qué prueba queréis de mi realidad, además del testimonio de vuestros sentidos?
 —No sé a punto fijo.
 —¿Por qué dudáis de vuestros sentidos?
 —Porque la menor cosa basta para alterarlos. Basta con un ligero desarreglo en el estómago para que nos engañen, y podría ser muy bien que vos no fuerais más que una tajada de carne mal digerida; media cucharada de mostaza; un pedazo de queso; una partícula de patata mal cocida. Quien quiera que seáis, me parece que sois un muerto que huele á cerveza más que á ataúd[4].
 Scrooge no acostumbraba á hacer retruécanos, y verdaderamente entonces no se hallaba muy en disposición de hacerlos. En realidad lo que quería en toda aquella broma era distraerse y dominar su espanto, porque el acento del fantasma le producía frío hasta en la médula de los huesos.
 Permanecer sentado, siquiera por breves instantes, con la mirada fija en los vidriosos ojos del espectro, constituía para Scrooge una prueba infernal. Además, en aquella diabólica atmósfera que circundaba al aparecido, había algo positivamente terrible. A Scrooge no le era dado experimentarla por sí mismo, mas no por eso dejaba de ser cierta, pues aunque el espectro permanecía sentado é inmóvil, sus cabellos, sus vestiduras y las borlas de sus botas, se movían á impulsos de un vapor cálido como el que se desprende de un horno.
 —¿Veis este limpia-dientes? dijo Scrooge volviendo á su sistema, con objeto de sobreponerse al espanto que le poseía, y de apartar de sí aunque no fuera más que por un segundo, la mirada del aparecido, fría como el mármol.
 —Sí.
 —Pero si no lo miráis.
 —Eso no impide que lo vea.
 —Pues bien; si ahora me lo tragara, durante lo que me queda de existencia me verá asediado por una multitud de diablillos, pura creación de mi mente. Tontería; os digo que es una tontería.
 Al oír el espectro semejante palabra, dio un terrible alarido y sacudió su larga cadena, causando un estruendo tan aterrador y tan lúgubre que Scrooge se agarró a la silla para no caer desvanecido. Pero aumentó su horror al observar que el fantasma, quitándose el pañuelo que le rodeaba la cabeza, como si sintiese la necesidad de hacerlo a causa de la temperatura de la estancia, dejó desprenderse la mandíbula inferior, que le quedó colgando sobre el pecho.
 Scrooge se arrodilló ocultando la cara con las manos.
 —¡Misericordia! dijo. Terrorífica aparición, ¿por qué vienes á atormentarme?
 —Alma mundanal, ¿crees ó no crees en mí?
 —Creo, dijo Scrooge, pues no hay otro remedio. Mas ¿por qué pasean el mundo los espíritus y vienen a buscarme?
 —Porque es una obligación de todos los hombres que el alma contenida en ellos se mezcle con las de sus semejantes y viaje por el mundo: si no lo verifica durante la vida, está condenada á practicarlo después de la muerte; compelida á vagar ¡desdichado de mí! por el mundo y á ser testigo inútil de muchas cosas en las que no le es dado tener parte, siendo así que hubiera podido gozar de ellas en la tierra como los demás, utilizándolas para su dicha.
 El aparecido lanzó un grito, sacudió la cadena y se retorció las fantásticas manos.
 —¿Estáis encadenado? preguntó Scrooge; ¿por qué?
 —Arrastro la cadena que durante toda mi vida he forjado yo mismo, respondió el fantasma. Yo soy quien la ha labrado eslabón a eslabón, vara a vara. Yo quien la ha ceñido a mi cuerpo libremente y por mi propia voluntad, para arrastrarla siempre, porque ese es mi gusto. El modelo se os presenta bien singular ¿no es cierto?
 Scrooge temblaba más cada vez.
 —¿Queréis saber, continuó el espectro, el peso y la longitud de la enorme cadena que os preparáis? Hace hoy siete años era tan larga y tan pesada como ésta; después habéis continuado aumentándola: buena cadena es ya.
 Scrooge miró alrededor de sí, creyendo divisarla tendida todo lo dilatada que debía ser por el piso; mas no la vio.
 —Marley, exclamó con aire suplicante; mi viejo Marley, háblame; dime algunas palabras de consuelo.
 —Ninguna tengo que decirte. Los consuelos vienen de otra parte, Scrooge, y los traen otros seres á otra clase de hombres que vos. Ni puedo deciros todo lo que desearía, porque dispongo de muy poco tiempo. No puedo descansar, no puedo detenerme, no puedo permanecer en ninguna parte. Mi alma no se separó nunca de mi mostrador; no traspasó, como sabéis, los reducidos límites de nuestro despacho, y hé aquí por qué ahora tengo necesidad de hacer tantos penosos viajes.
 Scrooge seguía la costumbre de meterse las manos en los bolsillos del pantalón cuando se entregaba á sus meditaciones. Reflexionando sobre lo que le había dicho el fantasma, hizo como se acaba de indicar, pero continuando arrodillado y con los ojos bajos.
 —Muy retrasado debéis estar, Marley, dijo, con humildad y deferencia Scrooge, que nunca dejaba de ser hombre de negocios.
 —¡Retrasado! repitió el fantasma.
 —Lleváis ya siete años de muerto y aun dura vuestro viaje.
 —Durante ese tiempo no habido para mí tregua ni reposo: siempre he estado bajo el torcedor del remordimiento.
 —¿Viajáis deprisa?
 —En las alas del viento.
 —Mucho habéis debido ver en siete años.
 Al oír esto el aparecido dio un tercer grito, y produjo con su cadena un choque tan horrible, en medio del silencio de la noche, que á oírlo la ronda, hubiera tenido motivo para aprehender a aquellos perturbadores del sosiego público.
 —¡Oh! cautivo, encadenado, lleno de hierros, exclamó, por no haber tenido presente que todos los hombres deben asociarse para el gran trabajo de la humanidad, prescrito por el Ser Supremo; para perpetuar el progreso, porque este globo debe desaparecer en la eternidad, antes de haber desarrollado el bien de que es susceptible: por no haber tenido presente que la multitud de nuestros tristes recuerdos, no podía compensar las ocasiones que hemos desaprovechado en nuestra vida, y con todo, así me he conducido, desdichado de mí; así me he conducido.
 —Sin embargo os mostrasteis siempre como hombre exacto y como inteligente en negocios, balbuceó Scrooge, que empezaba á reponerse un poco.
 —¡Los negocios! gritó el aparecido, retorciéndose de nuevo las manos. La humanidad era mi negocio: el bien general era mi negocio: la caridad, la misericordia, la benevolencia eran mis negocios. Las operaciones del comercio no constituían más que una gota de agua en el vasto mar de mis negocios.
 Y levantando la cadena todo lo que permitía el brazo, como para mostrar la causa de sus estériles lamentos, la dejó caer pesadamente en tierra.
 —En esta época del año es cuando sufro más, murmuró el espectro. ¿Por qué he cruzado yo, á través de la multitud de mis semejantes, siempre fijos los ojos en los asuntos de la tierra, sin levantarlos nunca hacia esa fulgurante estrella que sirvió de guía á los reyes magos hasta el pobre albergue de Jesús? ¿No existían otros pobres albergues hacia los cuales hubiera podido conducirme con su luz la estrella?
 Scrooge estaba asustado de oír explicarse al aparecido en semejante tono, y se puso á temblar.
 —Escúchame, le dijo el fantasma: mi plazo va a terminar pronto.
 —Escucho, replicó Scrooge, pero excusad todo lo posible y no os permitáis mucha retórica: os lo ruego.
 —Por qué he podido presentarme así, en forma para vos conocida, lo desconozco. Muchas veces os he acompañado pero permaneciendo invisible.
 Como esta indicación no encerraba nada de agradable, Scrooge sintió escalofríos y sudores de muerte.
 —Y no consiste en esto mi menor suplicio, continuó el espectro... Estoy aquí para deciros que aún os queda una probabilidad de salvación; una probabilidad y una esperanza que os proporcionaré.
 —Os mostráis siempre buen amigo mío: gracias.
 —Os van a visitar tres espíritus, siguió el espectro.
 El rostro de Scrooge tomó su color tan lívido como el de su interlocutor.
 —¿Son esas la probabilidad y la esperanza de que me hablabais?— preguntó con desfallecimiento.
 —Sí.
 —Creo... creo... que sería mejor que no se presentaran, dijo Scrooge.
 —Sin sus visitas caeríais en la misma desgracia que yo. Aguardad la presentación del primero así que el reloj de la una.
 —¿No podrian venir todos juntos para que acabáramos de una vez? insinuó Scrooge.
 —Aguardad al segundo en la siguiente noche y a la misma hora, y al tercero en la subsiguiente, así que haya sonado la última campanada de las doce. No contéis con volverme a ver; pero por conveniencia vuestra, cuidad de acordaros de lo que acaba de suceder entre nosotros.
 Después de estas palabras el espectro recogió el pañuelo que estaba encima de la mesa, y se lo ciñó como lo tenía al principio, por la cabeza y por la barba. Scrooge lo notó por el ruido seco que hicieron las mandíbulas al ajustarse con la sujeción. Entonces se determinó á alzar los ojos, y vio al aparecido delante de él, puesto de pie, y llevando arrollada al brazo la cadena.
 La aparición se puso en marcha, caminando hacia atrás. A cada paso suyo se levantaba un poco la ventana, de suerte que cuando el espectro llegó a ella se hallaba completamente abierta. Hizo una señal á Scrooge para que se acercara y éste obedeció. Cuando estuvieron a dos pasos el uno del otro, la sombra de Marley levantó el brazo é indicó á Scrooge que no se aproximase más. Scrooge se detuvo, no precisamente por obediencia, sino por sorpresa y temor, pues en el momento en que el fantasma levantó el brazo, se oyeron rumores y ruidos confusos en el aire, sonidos incoherentes de lamentaciones, voces de indecible tristeza, gemidos de remordimiento. El fantasma, después de haber prestado atención por un breve instante, se unió al lúgubre coro, desvaneciéndose en el seno de aquella noche tan sombría.
 Scrooge fue tras él hasta la ventana y miró por ella dominado de insaciable curiosidad. El espacio se hallaba lleno de fantasmas errantes, que iban de un lado para otro como almas en pena exhalando al paso tristes y profundos gemidos. Todos arrastraban una cadena como el espectro de Marley: algunos pocos (sin duda eran ministros cómplices de una misma política) flotaban encadenados juntos; ninguno en libertad. Varios otros eran conocidos de Scrooge. Entre éstos había particularmente un viejo fantasma, encerrado en un chaleco blanco que tenía adherido al pie un enorme anillo de hierros y que se quejaba lastimosamente de no poder prestar socorro á una desdichada mujer y á su hijo, á quienes veía por bajo de él, refugiados en un hueco de puerta.
 El suplicio de todas aquellas sombras, consistía, evidentemente, en querer con ansia, aunque sin resultado, mezclarse en las cosas mundanales para hacer algún bien, pero no podían.
 Aquellos seres vaporosos se disiparon en la niebla, ó la niebla los envolvió en sus sombras. Scrooge no pudo averiguar nada.
 Las sombras y sus voces se desvanecieron a la vez, y la noche volvió a tomar su primer aspecto.
 Scrooge cerró la ventana, y examinó cuidadosamente la puerta por donde había entrado el espectro. Estaba cerrada con doble vuelta, según él la dejara, y el cerrojo corrido. Trató, como antes, de decir: «tontería» pero se detuvo en la primera sílaba, porque sintiéndose acometido de una imperiosa necesidad de descansar, bien por las fatigas del día, ó de aquella breve contemplación del mundo invisible, ó del triste diálogo sostenido con el espectro, ó de lo avanzado de la hora, se fue a la cama y acostándose, sin desnudarse, cayó en un profundo sueño.




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SEGUNDA ESTROFA


el primero de los tres espíritus


 Cuando Scrooge despertó reinaba tan grande oscuridad, que no le fué posible distinguir las transparencia de la ventana sobre el fondo de la pared. Trataba de inquirir con sus ojos de lince pero inútilmente. En esto, el reloj de una iglesia vecina empezó á sonar y Scrooge contó cuatro cuartos, pero con grande admiración suya la pausada campana dio siete golpes, después ocho y hasta doce. ¡Media noche! Luego llevaba dos horas no más en la cama. El reloj iba mal. Sin duda algún carámbano de hielo debía haberse introducido en la maquinaria ¡Media noche!
 Scrooge apretó el resorte de su reloj de repetición para asegurarse de la hora y rectificar la que había oído. El reloj de bolsillo dio también doce campanadas rápidamente y se detuvo.
 ¡No es posible que yo haya dormido todo un día y parte de una segunda noche! No es posible que le haya sucedido alguna cosa al sol y que sea media noche á medio día 
 Como esta reflexión era para inquietarle, dejó la cama y se fue a la ventana. Tuvo que quitar con las mangas el hielo que había sobre los cristales para ver algo, y aun entonces no pudo divisar gran cosa. Únicamente vio que la niebla era muy espesa, que hacía mucho frío y que las gentes no iban de un lado á otro atrafagadas, como hubiera ocurrido indudablemente á ser de día. Esto le tranquilizó, porque de lo contrario, ¿qué hubiera sido de sus letras de cambio? «A tres días vista pagad á Mr. Scrooge ó a la órden de Mr. Scrooge,» y lo demás.
 Scrooge volvió á la cama, y se puso á pensar y á repensar, una y mil veces, en lo que sucedía, sin comprender nada de ello. Cuanto más pensaba se confundía más, y cuanto ménos trataba de pensar más pensaba.
 El aparecido Marley le tenia fuera de quicio. Cada vez que, como final de un maduro examen, se determinaba, en su interior, á considerar todo aquello como puro sueño, su espíritu á semejanza de un resorte oprimido, que al soltarle toma su primitiva posición, le presentaba el mismo problema: «¿ha sido ó no un sueño?»
 Así estuvo Scrooge hasta que el reloj de la iglesia marcó tres cuartos de hora más y de seguida hizo memoria del espíritu que debía presentarse á la una. Resolvió, pues, mantenerse despierto hasta que la hora hubiese pasado, considerando que tan difícil le seria dormir como tocar la luna: era el mejor acuerdo.
 Aquel cuarto de hora le pareció tan largo que creyó haberse adormecido á veces y dejado transcurrir el momento. Al fin oyó el reloj.
 —Din, don.
 —Un cuarto.
 —Din, don.
 —La media.
 —Din, don.
 —Tres cuartos.
 —Din, don.
 —¡La hora, la hora! exclamó Scrooge con júbilo: ninguno más viene.
 Hablaba antes de que la campana de las horas hubiese dado. Cuando llegó el momento de ella, despidiendo un sonido profundo, sordo, melancólico; la habitación se iluminó con claridad brillante y las cortinas de la cama fueron descorridas.
 Digo que las cortinas de la cama fueron descorridas, por un lado y á impulso de una mano invisible; no las que había á la cabecera ó á los pies, sino las del lado hacia el que estaba vuelto Scrooge, incorporándose sentado, vio frente á frente al ser fantástico que las descorría, y tan cerca de sí como yo lo estoy de ti; porque has de notar que yo me hallo, en espíritu, á tu lado.
 La figura era muy extraña... de un niño, y sin embargo, tan parecido á un niño como á un viejo, contemplado á través de una atmósfera sobrenatural, que le comunicaba la apariencia de hallarse á muy larga distancia, con lo que se disminuían sus proporciones hasta las de un niño. Su cabellera, que pendía hasta el cuello, era blanca como por efecto de la edad y con todo la aparición no mostraba arrugas. Tenía el cutis delicadamente sonrosado; los brazos largos y musculosos lo mismo que las manos, como si poseyera una figura poco común. Las piernas y los pies eran de irreprochable forma y en consonancia con lo demás del cuerpo. Vestía una blanca túnica. El talle lo llevaba ceñido con un cordón de fulgurante luz y en la mano una rama verde de acebo recién cortada: contrastando con este emblema del invierno la aparición estaba adornada de flores propias del estío. Pero lo más extraño de ella consistía en una llama deslumbrante que de la cabeza le brotaba, y merced á la cual hacía visible todos los objetos; por eso sin duda, en sus momentos de tristeza, se servía, como de sombrero, de un gran apagador que llevaba debajo del brazo.
 Sin embargo, al contemplarla más de cerca, no fue este atributo lo que más le sorprendió a Scrooge. El resplandor que la cintura despedía era intermitente; no brillaba por todo su contorno a la vez, de suerte que en unas ocasiones aparecía la figura iluminada por unos lados y en otras por otros, de lo que resultaban aspectos diferentes de ella. Unas veces aparecía un solo brazo con una sola pierna, ó bien veinte piernas, ó bien dos piernas sin cabeza, ó bien veinte una cabeza sin cuerpo; los miembros, que se confundían en la sombra, no dejaban ver ni un solo perfil en la oscuridad que los circuía al desvanecerse la luz. Después, por una maravilla particular, tornaban á su pristino ser clara y visiblemente.
 —¿Sois, preguntó Scrooge el espíritu cuya venida se me ha anunciado?
 —Lo soy.
 La voz era dulcísima, agradable, pero singularmente baja, como si en vez de hallarse allí se encontrara á muy larga distancia.
 —¿Quién sois?
 —Soy el espíritu de la Noche Buena pasada.
 —¿Pasada hace mucho tiempo?
 —No: vuestra última Noche Buena.
 Acaso Scrooge no habría podido decir por qué, si se le hubiera preguntado; pero experimentaba un especialísimo deseo de ver al espíritu adornado con el apagador y le rogó que se cubriera.
 —¿Qué? exclamó el espectro, ¿querríais ya con profanas manos extinguir tan pronto la luz que de mí se irradia? ¿No es suficiente que seáis uno de esos hombres cuyas pasiones egoístas me han fabricado este sombrero, y qe me obligan á llevarlo á través de los siglos sobre la cabeza?
 Scrooge negó respetuosamente que abrigara propósitos de inferirle una ofensa, y protestó que en ninguna época de su vida había tratado, voluntariamente, de ponerle el apagador. Luego le preguntó por el motivo que le llevaba allí.
 —Vuestra felicidad, contestó el espectro.
 Scrooge manifestó su reconocimiento; pero no pudo menos de pensar que con una noche de descanso no interrumpido, se conseguiría mejor aquel objeto. Sin duda que le oyó pensar el espíritu, porque inmediatamente le dijo:
 —Entonces... vuestra conversión... Tened cuidado.
 Y mientras hablaba tendió su poderosa mano, y agarrándole suavemente el brazo:
 —Levantaos y venid conmigo, añadió.
 En vano hubiera protestado Scrooge que el tiempo y la hora no tenían de oportunos para un paseo á pié; que estaba muy caliente su lecho y el termómetro bajo cero; que sus vestidos no eran á propósito y que el constipado le mortificaba mucho. No había modo de resistir el apretón de aquella mano, aunque suave como si fuera de mujer. Se levantó; pero observando que el espíritu iba hacía la ventana, lo agarró por la vestidura en actitud de súplica.  —Yo soy mortal, le dijo Scrooge, y podría muy bien caerme.
 —Permitidme tan sólo que os toque ahí con la mano, repuso el espíritu poniéndosela á Scrooge sobre el corazón, y adquiriréis fuerzas para resistir muchas pruebas.
 Y al pronunciar estas palabras atravesaron por las paredes y salieron á una carretera situada habia desaparecido completamente: no se notaba ni la menor señal de ella.
 La oscuridad y la niebla habían desaparecido también, porque era un dia de invierno, claro y espléndido, aunque la tierra estaba cubierta de nieve.
 —Dios mío! exclamó Scrooge con las manos unidas, mientras que paseaba sus miradas en torno de sí, aquí fui educado, aquí pasé mi infancia.
 El espíritu le miró con bondad. Su dulce tocamiento, aunque duró poco, había removido la sensibilidad del viejo. Los perfumes que aromaban el aire le producían el despertamiento de miles de alegrías, de ideas y de esperanzas, largo tiempo olvidadas; ¡muy largo tiempo!
 —Vuestros labios tiemblan, insinuó el espíritu. ¿Qué tenéis en la cara?
 —Nada, contestó Scrooge con voz singularmente conmovida; no es el miedo lo que ahueca las mejillas; no es nada; es un hoyuelo. Llevadme, os lo suplico, adonde queréis.
 —¿Recordais el camino?
 —¡Que si me acuerdo! exclamó Scrooge enardecido; podría ir con los ojos vendados.
 —Es extraño que lo hayáis tenido olvidado tanto tiempo.
 Y se pusieron en marcha por la carretera.
 Scrooge reconocía cada puerta, cada árbol, hasta que se divisó en lontananza una aldehuela con su iglesia, su puente y su riachuelo de sinuoso curso. Una cuantas jaquillas de tendidas crines, se dirigían hacia ellos, montadas por niños que llamaban á otros niños encaramados en carruajillos rústicos o en erratas. Todos iban alborozados, gritando en variedad de tonos, y no parecía sino que el espacio se llenaba de aquella música tan alegre y que se ponía en vibración el aire.
 —Esas son las sombras de lo pasado, observó el espíritu. No saben que las vemos.
 Los alegres viajeros fueron aproximándose hacia ellos, y á medida que se aproximaban Scrooge iba reconociéndolos y llamando á cada por su nombre. ¿Por qué se ponía de tan buen humor al encontrarlos? ¿Por qué sus ojos, ordinariamente tan mortecinos, despedían aquellas miradas tan expresivas? ¿Por qué le saltaba el corazón dentro del pecho según iba pasando? ¿Por qué se sintió lleno de júbilo al ver cómo se deseaban unos a otros mil felicidades por la Noche Buena, mientras se separaban tomando diferentes caminos para volverse á sus respectivos hogares? ¿Qué significaba una Noche Buena para Scrooge? ¿Qué ventajas le había producido?
 —La escuela no ha quedado desierta, indicó el espíritu; hay en ella un niño solo, abandonado por los demás.
 Scrooge dijo que lo reconocía y suspiró.
 Dejando el camino real y dirigiéndose á una hondonada perfectamente reconocida por Scrooge, llegaron muy pronto á un edificio fabricado con ladrillos de color rojo oscuro, sobre el cual se alzaba una cupulilla y sobre esta una veleta; en el tejado se veía una campana. El edificio era espacioso, pero denotaba vicisitudes de fortuna porque se hacia poco uso de sus numerosos compartimientos. Las paredes manifestaban señales de humedad; las ventanas aparecían rotas, las puertas desvencijadas. Algunas gallinas cacareaban en los establos; en las cocheras y en las caballerizas crecía la hierba. En el interior no conservaba ningún resto de su antigua grandeza, porque al entrar por el oscuro vestíbulo, se notaba por las puertas entreabiertas de algunos salones la humildad de sus muebles. Aquellos aposentos desprendían olor como de cerrados; todo indicaba allí que sus habitantes eran extraordinariamente madrugadores para el trabajo, y que no tenían mucho que comer.
 El espíritu y Scrooge atrevasando por el vestíbulo llegaron á una puerta situada en la parte posterior de la casa. Abrióse ante ellos y dejó ver una extensa sala, triste, solitaria, llena de banquetas y de pupitres de humilde puno. Sobre uno de ellos, y próximo á un escaso fuego, leía un niño: nadie le acompañaba. Scrooge, sentándose en un banco lloró, reconociéndose en aquel niño tan olvidado como entonces lo estaba él. Ni los ecos dormidos en las concavidades de la casa, ni los chillidos de las ratas peleándose debajo del entarimado, ni el rumor del caño de la fuente que casi no corría por estar el agua congelada, ni el susurro del viento entre las ramas deshojadas de un álamo, ni el golpe de la puerta de los vacíos almacenes, nada, nada; ni aun el más ligero chisporroteo de la lumbre dejó de influir, suave y dulcemente, en el pecho de Scrooge para desatar la corriente de sus lágrimas.
 El espíritu le tocó en el brazo, señalándole aquel niño, aquel otro Scrooge tan entregado á la lectura.
 De repente un hombre vestido de una manera extraña, visible como os veo, se acercó á la ventana llevando del ronzal un asno cargado de leña. «Ahí llega Alí-Baba, exclamó Scrooge entusiasmado: el excelente y honrado viejo. Sí, sí lo reconozco. Era cabalmente un día de Noche Buena, cuando ese niño fue dejado solo en la escuela y se presentó Alí-Baba con el mismo traje que ahora. ¡Pobre niño! ¿Y Valentín? dijo Scrooge. ¿Y su bribón de hermano? ¿Cómo apellidaban a eso que fue depositado en medio de su sueño y casi desnudo, en la puerta de Damasco? ¿No lo veis? ¿Y el palafrenero del sultán tan maltratado por los genios? Helo ahí con la cabeza abajo. Bien, bien; tratadle como se merece: eso me gusta. ¿Qué necesidad tenía de casarse con la princesa?»
 ¡Qué admiración para sus compañeros de la City si hubieran podido ver á Scrooge que empleaba todo lo que su naturaleza encerraba de vigor, para extasiarse con tales recuerdos; medio llorando, medio riendo, alzando la voz con una fuerza extraordinaria, animándosele la fisonomía de un modo singular.
 «He ahí el loro, continuó, de cuerpo verde de cola amarilla, de moño semejante á una lechuga, en la cabeza. «¡Pobre Robinson Crusoe!» le gritaba el loro cuando lo vio tornar á su albergue después de haber dado vuelta á la isla. «¡Pobre Robinson Crusoe!» ¿Dónde has estado Robinson Crusoe? El hombre creía soñar; mas no soñaba, no: era como ya sabéis, el loro. He ahí á Viernes corriendo á todo escape para salvarse: anda de prisa; valor; upa.»
 Después pasando de un asunto a otro con una rapidez no acostumbrada en él, y movido de compasión por aquel otro Scrooge que leía los cuentos á a que acababa de aludir, «Pobre niño,» dijo, y se puso a llorar de nuevo.
 —Querría... murmuró Scrooge metiéndose las manos en los bolsillos después de haberse enjugado las lágrimas... pero ya es tarde.
 —¿Qué hay? preguntó el espíritu.
 —Nada, nada. Me acordaba de un niño que estuvo ayer á la puerta de mi despacho para cantarme un villancico de Noche Buena: hubiera querido darle algo: he ahí todo.
 El espíritu se sonrió con ademan meditabundo, y haciéndole señal de callarse le dijo: veamos otra Noche Buena.
 Proferidas estas palabras, observó Scrooge, que el niño imagen suya se había desarrollado, y que la sala estaba algo más sucia y estaba más oscura. El ensamblado de madera de las paredes aparecía con inmensas grietas, las ventanas resquebrajadas, el piso lleno de cascotes de la techumbre y las vigas al descubierto. ¿Cómo se habían realizado estos cambios? Scrooge lo ignoraba como vosotros. Sabía únicamente que aquello era un hecho irrefutable; que se encontraba allí, siempre solo, mientras que sus demás condiscípulos estaban en sus respectivas casas para gozar alegres y contentos de la Noche Buena.
 Entonces no leía: se limitaba á pasear á lo largo y á lo ancho, entregado á la mayor desesperación. Scrooge se volvió al espectro, y moviendo con aire melancólico la cabeza, lanzó una mirada, llena de ansiedad, á la puerta.
 Esta se abrió dejando penetrar á una niña de menos edad que el estudiante, la cual, dirigiéndose como una flecha hacia él lo apretó entre sus brazos, exclamando:
 —«Hermano querido.
 —«Vengo para llevarte á casa, continuó, dando palmadas de alegría y encorvada á fuerza de reir; para llevarte á casa, á casa, á casa.
 —¿A casa, Paquita?
 —Sí, contestó ella, á casa; ni más ni menos; y para siempre, para siempre. Papá es ahora tan bueno, en comparación de lo que era antes, que aquello se ha trocado en un paraíso. Hace pocas noches me habló con tan grande cariño, que no vacilé en solicitar otra vez que vinieras á casa, y me lo concedió, y me ha enviado con un coche para buscarte. Va a ser un hombre, continuó la niña abriendo desmesuradamente los ojos: no volverás aquí, y por de pronto vamos á pasar reunidos las fiestas de Noche Buena de la manera más alegre del mundo.
 —Eres verdaderamente una mujer, Paquita, exclamó el joven.
 Ella volvió á palmotear y a reír. Luego trató de acariciarle, pero como era tan pequeña, tuvo que empinarse sobre las puntas de los pies para darle un abrazo y tornó a reír. Por último, impaciente ya como niña, lo arrastró hacia la puerta y él fue tras ella contentísimo.
 Una vez poderosa se dejó oír en el vestíbulo.
 «Bajad el equipaje de Mr. Scrooge: pronto.» Y apareció el maestro en persona, quien dirigiendo al joven una mirada entre adusta y benévola, le estrechó la mano en significación de despedida. Seguidamente le condujo á una sala baja, lo más helada que se podía dar, verdadera cueva donde existían muchos mapas suspendidos de las paredes, globos terrestres y celestes en los alféizares de las ventanas, objetos todos que parecían también helados por el frio de la habitación, y allí obsequió á los jóvenes con una botellita de vino excesivamente ligero y un trozo de pastel excesivamente pesado: al mismo tiempo hizo que un sirviente de sórdido aspecto invitase al cochero, más éste, agradeciendo mucho la oferta, repuso, que si se trataba del mismo vino que le habían dado á probar antes no lo deseaba. Dispuesto el equipaje, los jóvenes se despidieron cariñosamente del maestro, y subiendo al coche atravesaron llenos de alegría el jardín y salieron á la carretera, llena entonces de nieve que iba arremolinándose al paso de las ruedas como si fuera espuma. 
 —Siempre fue esa niña una criatura delicada á quien el más pequeño soplo hubiera podido marchitar, dijo es espectro... pero abrigaba un gran corazón.
 —Es cierto, contestó Scrooge. No seré yo quien me oponga á ello, espíritu; líbreme Dios.
 —Ha muerto casada y me parece que ha dejado dos hijos.
 —Uno solo, repuso Scrooge.
 —Es verdad, corroboró el espectro; vuestro sobrino. Scrooge asintió y dijo brevemente: Sí.
 Aunque no habían hecho más que abandonar el colegio, se encontraban ya en las calles de una gran ciudad, por donde pasaban y repasaban muchas sombras humanas ó sombras de carruajes en gran número; en una palabra, en medio del ruido y del movimiento de una verdadera ciudad. Por los escaparates de las tiendas se echaba de ver que también allí tenía efecto la celebración de la Noche Buena.
 El espectro se detuvo ante la puerta de un almacén y le preguntó á Scrooge si lo reconocía.
 —¡Si lo reconozco! Aquí fue donde hice mi aprendizaje.
 Entraron. Había allí un anciano cubierto con una peluca, y sentado en una banqueta tan elevada, que si aquel señor hubiera tenido dos pulgadas más de estatura, habría tropezado en el techo. En cuanto lo vio Scrooge no pudo menos de exclamar lleno de agitación:
 —¡Pero si es el viejo Feziwig! Dios lo bendiga. Es Feziwig resucitado.
 El viejo Feziwig abandonó la pluma y miró el reloj: señalaba las siete de la noche. Se restregó las manos, se arregló el inmenso chaleco, y riéndose bonachonamente desde la punta de los pies hasta la punta de los cabellos, llamó con poderoso, sonoro, rico y jovial acento:
 —Hola; Scrooge; Dick.
 El otro Scrooge convertido ahora en un adolescente, acudió presuroso acompañado de su camarada de aprendizaje.
 —Es Dick Vilkins á no dudarlo, dijo Scrooge al espíritu... Es él. Helo ahí. Me quería mucho ese pobre Dick.
 —Ea, ea, hijos míos, grito Feziwig: esta noche no se trabaja. Es la Noche Buena Dick; es la Noche Buena, Scrooge. Prontito, colocad los tableros en las ventanas, continuó Feziwig haciendo chasquear sus manos alegremente. Pero pronto. ¿Aún no habéis concluido?
 Es imposible figurarse como ejecutaron la orden las jóvenes. Corrieron á poner los tableros, uno dos y tres... los colocaron en sus respectivos sitios, cuatro, cinco, seis... después las barras, después las chavetas, siete, ocho nueve... y volvieron antes de que se hubiera podido contar hasta doce, jadeantes como caballos de carrera.
 —Oh, oh, gritó el anciano Feziwig descendiendo de su pupitre con maravillosa agilidad: quitemos estorbos de delante, hijos míos, y hagamos lugar. Hola, Dick: vamos de prisa, Scrooge.
 ¡Quitar estorbos! Tenían ánimos para desamueblar aquello. Todo quedó hecho en brevísimo rato: todo lo que era susceptible de ser transportado, desapareció de aquel lugar como si nunca debiera reaparecer. El pavimento fue barrido y perfectamente regado; las lámparas dispuestas, la chimenea bien prevenida de combustible, y en un momento convirtieron el almacén en un salón de baile, tan cómodo, tan templado, tan seco y con tanta luz como podía desearse para una noche de invierno.
 Luego vino un músico con sus papeles, y colocándose en el elevado pupitre de Feziwig produjo acordes enteramente ratoneros. Después entró la señora de Feziwig, señora de plácida sonrisa; después las tres hijas del matrimonio, hermosas y excitantes; después los seis galanes que las requerían de amores; después las jóvenes y los jóvenes empleados en el comercio de la casa; después la criada con un primo suyo panadero; después la cocinera con el vendedor de leche, amigo íntimo de su hermano; después el aprendiz de enfrente, de quien se sospechaba que no recibía mucha comida de su amo: se ocultaba detrás de la criada del número 15, á quien su ama, esto se sabía positivamente, tiraba de las orejas. Todos entraron; unos tímidamente, otros con atrevimiento; estos con gracia, aquellos con torpeza, pero entraron todos de una manera ú otra; esto importa poco. Todos se lanzaron veinte parejas á la vez formando un círculo. La mitad se adelanta; á poco retroceden. Esta vez les toca á los unos balancearse cadenciosamente; la otra á los demás para acelerar el movimiento. Luego principian á girar agrupándose, estrechándose, persiguiéndose los unos á los otros: la pareja de los ancianos dueños, no está nunca parada; las demás jóvenes la persiguen, y cuando la han estrechada se separan todos rompiendo la cadena. Después de este magnífico resultado, Feziwig, dando unas palmadas ordena la suspensión del baile. Entonces el músico se refresca del calor que le abrasa con un vaso de cerveza fuerte, dispuesto especialmente con este objeto. Pero desdeñándose de descansar, vuelve á la carga con mayor estusiasmo, vuelve á la carga con mayor entusiasmo, aunque no salían ya bailarines como si el primer músico hubiera sido transportado, sin fuerzas, á su domicilio en un tablero de ventana, y el músico encargado de reemplazarle estuviera decidido á vencer ó morir.
 Después aun hubo un poco de baile. Después más baile, pasteles, limonada con vino, un enorme trozo de asado frio, pasteles de picadillo y cerveza abundosamente. Pero lo bueno del sarao fue cuando el músico (ladino como él solo, tenedlo en cuenta,) que sabía muy bien cómo manejarse, condición por la que ni vosotros ni yo hubiéramos podido criticarle, se puso á declamar: Sir Roberto de Cowerley.
 A seguida de esto salió el viejo Feziwig con la señora Feziwig y se colocaron á la cabeza de los bailarines. Esto sí que fue trabajo para los ancianos. Debían dirigir veintitrés ó veinticuatro parejas, que no admitían chanzas porque eran jóvenes, ansiosos de bailar, y enemigos de ir despacio.
 Más aun cuando hubieran sido en mayor número, el viejo Feziwig era capaz de dirigirlos, así como su esposa. Era su dignísima compañera en toda la extensión de la palabra. Si esto no es un elogio, que se me indique otro y lo aprovecharé. Las pantorrillas de Feziwig eran como dos astros; eran como medias lunas que se multiplicaban para todas las operaciones del baile. Aparecían, desaparecían, reaparecían de cada vez mejor. Cuando el anciano Feziwig y su señora hubieron ejecutado el rigodón completo, él hacía cabriolas con una ligereza pasmosa, y al terminarlas se quedaba tieso como una I sobre los pies.
 Cuando el reloj marcaba las once tuvo fin aquel baile doméstico. El señor y la señora de Feziwig se colocaron á cada lado de la puerta, y fueron estrechando cariñosamente y uno á uno las manos de todos los concurrentes; él las de los hombres y ella las de las mujeres, deseándoles mil felicidades. Cuando no quedaban más que los aprendices, se despidieron de ellos de la misma manera: todo quedó en silencio y los dos jóvenes se acostaron en la trastienda.
 Durante estas operaciones Scrooge se hallaba como un hombre desatinado. Había tomado parte en aquella escena con su corazón y con su alma. Lo reconocía todo, lo recordaba todo, gozaba de todo y experimentaba una agitación singular. Tan sólo cuando la animada fisonomía de su imagen y la de Dick hubieron desaparecido, fue cuando se acordó del fantasma.
 Entonces advirtió que le miraba atentísimamente, y que la luz que sobre la cabeza tenia brillaba con todo su esplendor.
 —No se necesita gran cosa, dijo el fantasma, para infundir en esos tontos un poco de agradecimiento.
 —No se necesita gran cosa, repitió Scrooge.
 El espíritu le indicó que escuchase la conversación de los jóvenes aprendices, los cuales, desbordándose en reconocimiento por Feziwig, lo elogiaban de mil maneras.
 —Ya veis, añadió el espíritu; el gasto no ha subido mucho; algunas libras esterlinas de vuestro mundanal dinero; tres ó cuatro acaso. ¿Merece Feziwig que se le dispensen tantos elogios?
 —No es eso, replicó Scrooge al oir esta observación, y hablando como si fuera aquella imagen suya y no como el Scrooge actual; no es eso, espíritu. Está en manos de Feziwig hacernos dichosos ó desgraciados; que nuestra dependencia sea ligera ó incómoda; un placer ó una pena. Que todo ese poder se reduzca á frases ó á miradas; á cosas tan insignificantes, tan fugaces que es imposible acumularlas y sumarlas en una cuenta, ¿qué importa? La dicha que nos proporcionan es tan grande, como si tratase de una gran fortuna.
 Scrooge sorprendió en el aparecido una mirada penetrante, y se detuvo.
 —¿Qué os ocurre? preguntó el espíritu.
 —Nada de particular.
 —Sin embargo, tenéis aspecto como de hombre á quien le ocurre alguna cosa.
 —No, dijo Scrooge, no. Lo que deseo únicamente es poder decir cuatro palabras á mi compañero. Hé ahí todo.
 Al manifestar Scrooge este deseo, su imagen apagó los quinqués. Scrooge y el fantasma se encontraron solos al aire libre.
 —Mi tiempo pasa, observó el espíritu.... pronto.
 Estas palabras no iban dirigidas a Scrooge ó a alguien que él pudiera ver, pero produjeron un efecto inmediato, pues Scrooge volvió á contemplarse, aunque de más edad, en la flor de la vida. Su rostro no tenia los rasgos duros y severos de la madurez, pero sí notaba en él ya las señales de la inquietud y de la avaricia, y en sus ojos una inmovilidad ardiente, codiciosa, que revelaba en él la pasión dominante; se conocía ya hacia qué lado iba á proyectarse la sombre del árbol que empezaba á crecer.
 No apareció solo. A su lado había una hermosa joven, vestida de luto, cuyos ojos, llenos de lágrimas, brillaban á la luz del espíritu.
 —Poco importa, dijo ella suavemente; á lo menos por lo que á vos toca: otro ídolo se ha apoderado del lugar que ocupaba yo. Si es que este puede alegraros y consolaros, como lo hubiera yo hecho también, no tendré motivos para afligirme.
 —¿Y qué ídolo es eso?
 —El becerro de oro.
 —He ahí la imparcialidad del mundo. Critican severamente la pobreza, y á la vez no hay cosa que condenen con más rigor que el ansia de riquezas.
 —Teméis demasiado la opinión de las gentes, replicó la joven con dulzura. Habéis sacrificado todas vuestras esperanzas á la de huir del desprecio sórdido del mundo. He visto desaparecer, una á una, vuestras más nobles aspiraciones delante de la que á todas las ha absorbido: una; la dominante pasión del luero. ¿Estoy en lo cierto?
 —Bien, ¿Y qué? Aunque al envejecer me haya hecho más sabio, ¿he cambiado por eso con respecto á vuestra persona?
 La joven movió la cabeza.
 —¿He cambiado? insistió Scrooge.
 —Nuestro compromiso es muy antiguo. Lo contrajimos cuando éramos unos pobres y estábamos contentos con nuestra situación. Nos propusimos aguardar á labrarnos una fortuna con una industria y nuestra perseverancia. Vos habéis enviado: cuando contrajisteis el compromiso erais otro hombre.
 —Era un niño, replicó él con impaciencia.
 —Vuestra conciencia os está diciendo que hoy no sois lo que érais entonces. En cuanto á mi la misma soy. Lo que podía haber sido para nosotros una felicidad cuando conteníamos de disgustos hoy que tenemos dos. Es imposible figurarse cuántas veces y con cuánta amargura he pensado y que pueda relevaros de vuestro compromiso y devolveros la palabra.
 —¿Lo he querido así?
 —De boca no: jamás.
 —Entonces ¿cómo?
 —Cambiando totalmente. Vuestro carácter no es el mismo, así como tampoco la atmósfera en que vivís, ni la esperanza que os animaba. Si no hubiera existido el compromiso que á entrambos nos unía, dijo la joven con dulzura pero con firmeza, decid: ¿solicitarías mi mano hoy? ¡Oh! no.
 Scrooge estuvo á punto de conceder esta suposición, casi contra su voluntad, pero se resistió aún.
 —Eso no lo creéis.
 —Me consideraría muy dichosa en poder opinar de otro modo. Para que me haya resuelto á admitir una verdad tan triste, ha sido preciso que yo advirtiese en ella una fuerza invencible. Pero si os vierais hoy ó mañana en libertad. ¿podría yo creer, como en otro tiempo, que escogeríais para esposa una joven sin dote, vos, que en vuestras íntimas confianzas, cuando me descubríais vuestro corazón francamente, no cesabais de calcularlo todo en la balanza del interés y de apreciarlo todo por la utilidad que de ello podríais reportar, ó tendríamos que, faltando á vuestros principios á causa de ella, á los principios que constituyen vuestra conducta, os fijaríais en esa joven para hacerla vuestra mujer, sin que esto es produjera muy pronto, según es mi opinión, amargo sentimiento? Estoy muy convencido de ello, y por eso os devuelvo vuestra libertad, precisamente á causa del amor que os profesaba en otro tiempo, cuando erais otro de los que hoy sois.
 El quería hablar, mas ella, apartando la vista, continuó:
 —Tal vez..... pero no; mas bien. Sin duda alguna padeceréis al abandonarla y la memoria de lo pasado me autoriza á creerlo así. Mas al poco tiempo, muy poco tiempo, arrojareis de vos con prisa un tan importuno recuerdo, como si se tratara de un sueño inútil y enfadoso, felicitándoos por veros libre de él.
 Dichas estas palabras se retiró, separándose ambos.
 —Espíritu, no me enseñéis más, dijo Scrooge. Restituidme á mi morada. ¿Por qué os complacéis en atormentarme?
 —Otra sombra, gritó el fantasma.
 —No, no más, dijo Scrooge. No, no quiero ver más. No me enseñéis nada.
 Pero el implacable fantasma, estrechándole entre sus brazos, le hizo ver la seguida de los acontecimientos.
 Y se transportaron á otro sitio donde vieron un cuadro de diferente género. Era una estancia no muy grande ni bella, pero vistosa y cómoda. Próxima á un hermoso fuego había una linda joven, tan semejante á la de la escena anterior, que Scrooge la confundía con ella, hasta que vio á ésta convertida en madre de familia, sentada al lado de su hija. El alboroto que se levantaba en aquel salón ensordecedor, porque jugaban en él tantos niños, que Scrooge, dominado por una poderosa agitación, no podría contarlos: cada uno de ellos daba más que hacer que cuarenta. La consecuencia de todo aquello era un estruendo imposible de describir, pero nadie se inquietaba por eso; más aún, la madre y la hija se reían y se divertían extraordinariamente. Habiendo cometido la madre el desacierto de participar en el juego infantil, aquellos bribonzuelos la entregaron á saco y la trataron sin piedad. ¡Cuánto hubiera dado yo por ser uno de ellos! Aunque seguramente yo no me hubiera conducido con tanta rudeza. ¡Oh, no! No hubiera intentado, por todo el oro de la tierra, enredar ni tirar de un modo tan inicuo aquella cabellera tan perfectamente arreglada, y en cuanto al precioso zapatito que contenía su pié tampoco se lo hubiese sacado á la fuerza, ¡Dios me libre! aunque se tratara de la salvación de mi vida. En cuanto á medirle la cintura del modo que lo hacían aquellos atrevidos, sin escrúpulos de ninguna clase, tampoco lo hubiera hecho, temeroso de que como castigo á semejante profanación, quedara mi brazo condenado á redondearse siempre, sin poder enderezarlo nunca. Y sin embargo, lo confieso; hubiera deseado tocar sus labios, dirigirle preguntas para obligarla á que los abriese respondiéndome; fijar mis miradas en las pestañas de sus inclinados ojos sin sonrojarla; desatar su ondulante crencha, uno de cuyos rizos hubiera sido para mí el más apreciado recuerdo; en una palabra, hubiera deseado, dígolo francamente, que me permitiera disfrutar con ella los privilegios de niño; pero siendo hombre para reconocerlos y saberlos apreciar.
 A la sazón llamaron, y sobre la marcha el grupo aquel tan alborotador, empujó á la pobre madre, sin dejarla que se arreglase los vestidos, sin permitirla que se defendiese, pero sin que se perdiera su sonrisa de satisfacción; la empujó hacia la puerta en medio de un tumulto y de un entusiasmo indescriptible, al encuentro del padre, que regresaba en compañía de un recadero cargado de juguetes y de regalos de Navidad. Cualquiera puede figurarse los gritos, las batallas, los asaltos de que fue víctima el indefenso acompañante. Uno lo escala, subiéndose sobre las sillas, para registrarle los bolsillos, sacarle los paquetes, tirarle de la corbata, suspenderse de su cuello, adjudicarle como demostración de cariño innumerables puñetazos en las espaldas é infinitos puntapiés en las pantorrillas. Y después ¡con qué exclamaciones de alegría se saludaba la apertura de cada paquete! ¡Qué desastroso efecto produce la fatal noticia de que el rorro ha sido cogido infraganti, metiéndose en la boca una sartén de azúcar perteneciente al ajuar! También se sospecha, con bastante seguridad, que se ha tragado un pavo de azúcar que estaba adherido á un plato de madera. ¡Qué satisfacción cuando se averigua que aquella imputación es falsa! La alegría, el reconocimiento, el entusiasmo son indefinibles. A lo último, habiendo llegado la hora, se van retirando poco á poco los niños; suben los peldaños ligeramente, se meten en su cuarto y la calma renace.
 Entonces Scrooge, prestando mayor atención, vio que el padre, a cuyo brazo iba tiernamente asida la hija, se sentaba entre ésta y la madre, junto á la chimenea, y no pudo menos de ocurrírselo que a él también hubiera podido darle el nombre de padre una criatura semejante á aquella, tan graciosa y tan linda, y convertirle en una lozana primavera el triste invierno de su vida: sus ojos se llenaron de lágrimas.
 —Bella, dijo el marido volviéndose con una duce sonrisa hacia su mujer, esta noche he visto á uno de vuestros antiguos amigos.
 —¿Quién?
 —¿No lo adivináis?
 —¿Cómo?... Pero ya caigo, continuó riéndose como él; Mr. Scrooge.
 —El mismo. Pasaba por delante de la ventana de su despecho, y como tenia sin echar los tableros, no he podido menos de verle. Su socio ha espirado, y él está allí, como siempre; solo; solo en el mundo.
 —Espíritu, dijo Scrooge con voz entrecortada; sácame de aquí.
 —Os he advertido que os manifestaría las sombras de los que han sido: no me echéis la culpa si son como se presentan y no otra cosa.
 —Sacadme: no puedo resistir más este espectáculo.
 Y se volvió á mirar al espíritu; mas viendo que éste le contemplaba con un rostro que por extraña singularidad reunía todos los aspectos de las personas que le había enseñado, se arrojó sobre él.
 —Dejadme, gritó; cesad de perseguirme.
 En la lucha, si lucha se podía llamar aquello, dado que el espectro, sin necesidad de oponer ninguna resistencia aparente, era invulnerable, Scrooge observó que el resplandor de la cabeza brillaba de cada vez más rutilante. Relacionado con este hecho el poderoso influjo que sobre él hacia pesar el espíritu, cogió el apagador, y en un movimiento repentino se lo encasquetó el fantasma en la cabeza.
 El espíritu se aplanó tanto bajo aquel sombrero fantástico, que desapareció casi por completo; pero por más que hacia Scrooge no alcanzaba á tapar del todo la luz bajo del apagador: en el suelo y por alrededor del fantasma apareció un círculo de rayos luminosos.

 Scrooge se sintió fatigado y con irresistibles ganas de dormir. Se vio en su alcoba, y haciendo un esfuerzo supremo para encasquetar más el apagador, abrió la mano y apenas tuvo tiempo para arrojarse sobre el lecho antes de caer en profundo sueño.


TERCERA ESTROFA


el segundo de los tres espíritus



 Se despertó á causa de un sonoro ronquido.
 Incorporándose en el lecho trató de recoger sus ideas. No hubo precisión de advertirle que el reloj iba á dar la una. Conoció por sí mismo que recobraba el conocimiento, en el instante crítico de trabar relaciones con el segundo espíritu que debía acudirle por intervención de Jacobo Marley. Pareciéndole muy desagradable el escalofrío que experimentaba por adivinar hacia qué lado le descorrería las cortinas el nuevo espectro, las descorrió él mismo, y reclinando la cabeza sobre las almohadas, se puso ojo avizor, porque deseaba afrontar denodadamente al espíritu así que se le apreciese, y no ser sorprendido ni que le embargase una emoción demasiado viva.
 Hay personas de espíritu despreocupado, hechas á no dudar de nada; que se ríen de toda clase de impresiones; que se consideran en todos los momentos á la altura de las circunstancias; que hablan de su inquebrantable valor enfrente de las aventuras más imprevistas y se declaran preparados á todo, desde jugar á cara ó cruz hasta comprometerse en un lance de honor (creo que apellidan de esta manera al suicidio). Entre estos dos extremos, aunque separados, á no dudarlo, por anchuroso espacio, existen infinidad de variedades. Sin que Scrooge fuera un matón como los que acabo de indicar, no puedo menos de rogaros qué veáis en él a una persona que estaba muy resuelta á desafiar un ilimitado número de extrañas y fantásticas apariciones, y á no admirarse absolutamente de nada, ya se tratase de un inofensivo niño en su cuna, ya de un rinoceronte.
 Pero si estaba preparado para casi todo, no lo estaba en realidad para no esperar nada, y por eso cuando el reloj dio la una, sin que apareciese ningún espíritu, se apoderó de él un escalofrío violento y se puso a temblar con todo su cuerpo. Transcurrieron cinco minutos, diez minutos, un cuarto de hora y nada se veía. Durante aquel tiempo permaneció tendido en la cama, sobre la que se reunían, como sobre un punto central, los rayos de una luz rojiza que lo iluminó completamente al dar la una. Esta luz, por sí sola, le producía más alarma que una docena de aparecidos, porque no podía comprender ni la significación ni la causa, y hasta se figuraba que era víctima de una combustión espontánea, sin el consuelo de saberlo. A lo último comenzó á pensar (como vos y yo lo hubiéramos hecho desde luego, porque la persona que no se encuentra en una situación difícil es quien sabe lo que se debería hacer y lo que hubiera hecho); á lo último, digo, comenzó á pensar que el misterioso foco del fantástico resplandor podría estar en el aposento inmediato, de donde, á juzgar por el rastro lumínico, parecía venir. Esta idea se apoderó con tanta fuerza de Scrooge, que se levantó sobre la marcha, y poniéndose las zapatillas fue suavemente hacia la puerta.
 En el momento en que ponía la mano sobre el picaporte, una voz extraña lo llamó por su nombre y le excitó á que entrase. Obedeció.
 Aquel era efectivamente su salón, no había duda, pero transformado de una manera admirable. Las paredes y el techo estaban magníficamente decorados de verde follaje: aquello parecía un verdadero bosque, lleno en su fronda de bayas relucientes y carmesíes. Las lustrosas hojas del acebo y de la hiedra reflejaban la luz como si fueran espejillos. En la chimenea brillaba un bien nutrido fuego, como no lo había conocido nunca en la época de Marley y en la de Scrooge. Amontonados sobre el suelo y formando como una especie de trono, había pavos, gansos, caza menor de toda clase, carnes frías, cochinillos de leche, jamones, varas de longaniza, pasteles de picadillo, de pasas, barriles de ostras, castañas asadas, carmíneas manzanas, jugosas naranjas, suculentas peras, tortas de reyes y tazas de humeante ponche que oscurecía con sus deliciosas emanaciones la atmósfera del salón. Un gigante, de festivo aspecto, de simpática presencia, estaba echado con la mayor comodidad en aquella cama, teniendo en la mano una antorcha encendida, muy semejante al cuerno de la abundancia: la elevó por encima de su cabeza, a fin que alumbrase bien a Scrooge cuando éste entreabrió la puerta para ver aquello.
 —Adelante, gritó el fantasma; adelante. No tengáis miedo de trabar relaciones conmigo.
 Scrooge entró tímidamente haciendo una reverencia al espíritu. Ya no era el ceñudo Scrooge de antaño, y aunque las miradas del fantasma expresaban un carácter benévolo, bajó ante las de éste las suyas.
 —Soy el espíritu de la presente Navidad, dijo el fantasma. Miradme bien.
 Scrooge obedeció respetuosamente. El espectro vestía una sencilla túnica de color verde oscuro, orlada de una piel blanca. La llevaba tan descuidadamente puesta, que su ancho pecho aparecía al descubierto como si despreciase revestirse de ningún artificio. Los pies, que se veían por bajo de los anchos pliegues de la túnica, estaban igualmente desnudos. Ceñía a la cabeza una corona de hojas de acebo sembradas de brillantes carámbanos. Las largas que dejas de su oscuro cabello pendían libremente; su rostro respiraba franqueza; sus miradas eran expresivas; su mano generosa; su voz alegre, y sus ademanes despojados de toda ficción. Suspendida del talle llevaba una vaina roñosa, pero sin espada.
 —¡No habeís visto cosa que se le parezca! dijo el espíritu.
 —Jamás.
 —¿No habeís viajado con los individuos más jóvenes de mi familia; quiero deciros (porque yo soy joven) mis hermanos mayores de estos últimos años?
 —No lo creo y aun sospecho que no. ¿Tenéis muchos hermanos?
 —Más de mil ochocientos.
 —¡Familia terriblemente numerosa, gigante!
 El espíritu de la Navidad se levantó.
 —Conducidme, dijo con sumisión Scrooge, adonde queráis. He salido anoche contra mi voluntad y he recibido una lección que comienza á producir sus frutos. Si esta noche tenéis alguna cosa que enseñarme, os prometo que la aprovecharé.
 —Tocad mi vestido.
 Scrooge cumplió la orden y se agarró á la túnica. Inmediatamente se desvaneció aquel conjunto de comestibles que en el salón había. El aposento, la luz rojiza, hasta la misma noche desaparecieron también, y los viajeros se encontraron en las calles de la ciudad la mañana de Navidad, cuando las gentes, bajo la impresión de un frio algo vivo, producían por todas partes una especie de música discordante, raspando la nieve amontonada delante de las casas ó barriéndola de las canalones, de donde se precipitaba en la calle con inmensa satisfacción de los niños, que creían ver en aquello como avalanchas en pequeño.
 Las fachadas de los edificios, y aun más las ventanas, aparecían doblemente oscuras, por la diferencia que resultaba comparándolas con la nieve depositada en los tejados y aun con la de la calle, si bien ésta no conservaba la blancura de aquélla, pues los carromatos con sus macizas ruedas la habían surcado profundamente: los carriles se entrecruzaban de mil modos millares de veces en la desembocadura de las calles, formando un inextricable laberinto sobre el amarillento y endurecido lodo y sobre el agua congelada. Las calles más angostas desaparecían bajo una espesa niebla, la cual caía en forma de aguanieve, mezclada con hollín, como si todas las chimeneas de la Gran Bretaña se hubieran concertado para limpiarse alegremente. Londres, entonces, no tenía nada de agradable, y sin embargo, se echaba de ver por de quiera un aire tal de regocijo, que ni en el día más hermoso, ni bajo el sol más deslumbrante del verano se vería otro igual.
 Un efecto. Los hombres que se ocupaban de limpiar la nieve de los tejados, parecían gozosos y satisfechos. Se llamaban unos á otros, y de rato en rato se dirigían, chanceándose, bolas de nieve (proyectil más inofensivo seguramente que muchos sarcasmos) riéndose cuando acertaban y aun más cuando no.
 Las tiendas de volatería estaban medio abiertas tan sólo: las de frutas y verduras lucían en todo su esplendor. Por esta parte se ostentaban á cada lado de las puertas, anchurosos y redondos canastos henchidos de soberbias castañas, como ostentan sobre su vientre el amplio chaleco los panzudos y viejos gastrónomos: aquellos canastos parecían próximos á caer, víctimas de su apoplética corpulencia. En otra parte figuraban las cebollas de España, rojas, de subido color, de abultadas formas, recordando por su gordura los frailes de su patria, y lanzando arrebatadoras miradas á las jóvenes que, al pasar por allí, se fijaban discretamente en las ramas de hiedra suspendidas de las paredes. Más allá, en apetitosos montones, peras y manzanas; racimos de uvas que los vendedores habían tenido la delicada atención de exponer, en lugar visible, para que á los aficionados se les hiciera la boca agua y refrescaran así gratis; pilas de avellanas musgosas y morenas que traían á la memoria los paseos en el bosque, donde se hunde uno hasta el tobillo en las hojas secas; biffins de Norfolk gruesos y oscuros, que resaltaban el color de las naranjas y de los limones, recomendables por su aspecto jugoso, para que los compraran á fin de servirlos á los postres.
 Los peces de oro y de plata, expuestos en peceras, en medio de aquellos productos escogidos, si bien individuos de una raza triste y apática, parecían advertir, aunque peces, que sucedía algo extraordinario, porque giraban por su estrecho recinto con estúpida agitación.
 ¡Y los ultramarinos! Sus tiendas estaban casi cerradas, excepto un tablero ó dos, pero ¡qué magníficas cosas se podían ver por las aberturas de estos! No era solamente el agradable sonido de las balanzas al caer sobre el mostrador, ni el crujido del bramante entre las hojas de las tijeras que lo separaban del carrete para atar los líos, ni el rechinamiento incesante de las cajas de hoja de lata donde se conserva el té ó el café para servirlo á los parroquianos. Tras, tras, tras, sobre el mostrador: aparecen, desaparecen, se revuelven entre las manos de los dependientes como los cubiletes entre las de un prestidigitador. Allí no se debía fijar uno especialmente en el aroma del té y del café tan agradable al olfato. Las pasas hermosas y abundantes; las almendras tan blancas; las cañas de canela tan largas y rectas; las demás especias tan gustosas; las frutas confitadas y envueltas en azúcar candi, á cuya sola vista los curiosos se chupaban el dedo; los jugosos y gruesos higos; las ciruelas de Toura y de Agen, de suave color rojo y gusto ácido, en sus ricas cestillas; y por último, todo lo que allí había adornado con su traje de fiesta, llamaba la atención. Era preciso ver á los afanosos parroquianos realizar los proyectos que habían formado para aquel día, empujarse, tropezarse violentamente con la canasta de las provisiones olvidándose, a lo mejor, de sus compras, volviendo á buscarlas precipitadamente, cometiendo otras equivocaciones, pero sin perder el buen humor, en tanto que el dueño de la tienda y sus dependientes daban tantas muestras de amabilidad y de franqueza que no había más que pedir.
 Pero luego llamaron las campanas de las iglesias y de las capillas á que se acudiese á los oficios: bandadas de gentes vestidas con sus mejores trajes, con muestras de júbilo y ocupando de lado á lado las calles acudieron al llamamiento. A la vez y desembocando de las callejuelas laterales y de los pasadizos, se dirigieron un gran número de personas á los hornos para que les asaran las comidas. Esto inspiró un interés grandísimo al espíritu, porque situándose con Scrooge á la puerta de una tahona, levantaba la tapadera de los platos, á medida que los iban llevando, y como que los regaba de incienso con su antorcha; antorcha bien extraordinaria en verdad, porque en dos ocasiones, habiéndose tropezado, un poco bruscamente, algunos de los portadores de comidas, á causa de la prisa que llevaban, dejó caer sobre ellos unas pocas gotas de agua, é inmediatamente los enojados tomaron á risa el fracaso, diciendo que era una vergüenza reñir en Navidad. Y nada más cierto, Dios mío, nada más cierto.
 Poco á poco fueron cesando las campanas y los tahonas se cerraron, pero quedaba como un placer anticipado de las comidas, de los progresos que iban haciendo, en el vapor que se difundía por el aire escapándose de los encendidos hornos.
 — ¿Tienen alguna virtud particular las gotas que se desprenden de vuestra antorcha? preguntó Scrooge.
 —Seguramente: mi virtud.
 —¿Puede comunicarse á toda clase de comida hoy?
 —A toda clase de manjar ofrecido de buen corazón y particularmente a las personas más pobres.
 —¿Y por qué á las más pobres?
 —Porque son las que sienten mayor necesidad.
 —Espíritu, dijo Scrooge después de meditar un rato; estoy admirado de que los seres que se agitan en las esferas suprasensibles, que espíritus como vosotros, se hayan encargado de una comisión poco caritativa; la de privar á esas pobres gentes de las ocasiones que se les ofrecen de disfrutar un placer inocente.
 —¡Yo! exclamó el espíritu.
 —Sí, porque les priváis de medios de comer cada ocho días; en el día en que se puede decir verdaderamente que comen. ¿No es positivo?
 —¿Yo?
 —Ciertamente: ¿no consiste en vosotros que esos hornos se cierren en el día del sábado? ¿No resulta entonces lo que yo he dicho?
 —¿Yo, yo, busco eso? —¡Perdonadme si me he equivocado! Eso se hace en vuestro nombre ó por lo menos en el de vuestra familia.
 —Hay, dijo el espíritu, en la tierra donde habitáis, hombres que abrigan la presunción de convencernos, y que se sirven de nuestro nombre para satisfacer sus culpables pasiones, el orgullo, la perversidad, el odio, la envidia, la mojigatería y el egoísmo, pero son tan ajenos á nosotros y á nuestra familia, como si no hubieran nacido nunca. Acordaos de esto y otra vez hacedles responsables de lo que hagan y no á nosotros.
 Scrooge se lo prometió y de seguida se trasladaron, siempre invisibles, á los arrabales de la ciudad. En el espíritu residía una facultad maravillosa (y Scrooge lo advirtió en la tahona); la de poder sin inconveniente, y á pesar de su gigantesca estatura, acomodaron á todos los lugares, sin que bajo el techo menos elevado perdiese nada de su elegancia, de su natural majestad, como si se encontrase dentro de la bóveda más elevada de un palacio.
 Impulsado, acaso, por el gusto que tenía el espíritu en demostrar esta facultad suya, ó por su naturaleza benévola y generosa para con los pobres, condujo á Scrooge al domicilio de su dependiente. Al atravesar los umbrales, sonrió el espíritu y se detuvo para echar una bendición, regando además con la antorcha el humilde recinto de Bob Cratchit. Eso es. Bob no tenía más que quince bob[1] por semana: cada sábado se le entregaban quince ejemplares de su nombre de pila, y sin embargo, no por eso dejó el espíritu de la Navidad de bendecir aquella pobre morada compuesta de cuatro aposentos.
 Entonces se levantó Mrs. Cratchit, mujer de Cratchit, vestida con un traje vuelto, pero en compensación adornada de muchas cintas muy baratas, de esas cintas que producen tan buen efecto no obstante lo poquísimo que valen. Estaba disponiendo la mesa ayudada de Belinda Cratchit, el mayor de los hijos, metía a su tenedor en la marmita llena de patatas y estiraba cuando le era posible su enorme cuello de camisa; no precisamente su cuello, sino el de su padre, pues éste se lo había prestado, en honor de la Navidad, á su heredero presuntivo, quien orgulloso de verse tan acicalado, ansiaba lucirse en el paseo más concurrido y elegante. Otros dos pequeños Cratshit, niño y niña, penetraron en la habitación diciendo que habían olfateado el pato en la tahona y conocido que era el de ellos. Engolosinados de antemano con la idea de la salsa de cebolla y salvia, rompieron á bailar en torno de la mesa, ensalzando hasta el firmamento la habilidad de maese Cratchit, el cocinero de aquel día, en tanto que este último (tieso de orgullo á pesar de que el abundoso cuello amenazaba ahogarle) atizaba el fuego para ganar el tiempo perdido, hasta hacer que las patatas saltasen, al cocer, á chocar con la tapadera del perol, advirtiendo con esto que estaban ya á punto para ser sacadas y peladas.
 —¿Por qué se retrasará tanto vuestro excelente padre? dijo Mrs. Cratchit ¿Y vuestro hermano Tiny Tim? ¿Y Marta? El año pasado vino media hora antes.
 —Aquí está Marta, madre, gritó una joven que entraba en aquel momento.
 —Aquí está Marta, madre, gritaron los dos jóvenes Cratchit. ¡Viva! ¡Si supieras, Marta, que pato tan hermoso tenemos!
 —¡Ah querida hija! ¡Que Dios te bendiga! Qué tarde vienes, dijo Mrs. Cratchit abrazándola una docena de veces, y desnudándola con ternura del mantón y del sombrero.
 —Ayer teníamos mucho trabajo, madre, y ha sido preciso entregarlo hoy por la mañana.
 —Bien, bien; no pensemos en ello puesto que estás aquí. Acércate á la chimenea y caliéntate.
 —No, no, gritaron los dos niños. Ahí está padre: Marta escóndete.
 Y Marta se escondió. A poco hicieron su entrada el pequeño Bob y el padre Bob; este con un tapaboca que le colgaba lo menos tres piés por delante, sin contar la franja. Su traje aunque raido estaba perfectamente arreglado y cepillado para honrar la fiesta. Bob llevaba á Tiny Tim en los hombros, porque el pobre niño como raquítico que era, tenía que usar una muleta y un aparato en las piernas para sostenerse.
 —¿Dónde está nuestra Marta? preguntó Bob mirando á todos lados.
 —No viene, dijo Mrs. Cratchit.
 —¡Qué no viene! exclamó Bob poseído de un abatimiento repentino, y perdiendo de un golpe todo el regocijo con que había traído á Tiny Tim de la iglesia como si hubiera sido su caballo. ¡No viene para celebrar la Navidad!
 Marta no pudo resistir verlo contrariado de aquella manera, ni aun en chanza, y salió presurosa del escondite donde se hallaba detrás de la puerta del gabinete, para colocarse en brazos de su padre, mientras que los dos pequeños se apoderaban de Tiny para llevarlo al cuarto de lavado, á fin de que oyese el hervor que hacía el pudding dentro del perol.
 —¿Qué tal se ha portado el pequeño Tiny? preguntó Mrs. Cratchit después de burlarse de la credulidad de su marido, y que éste hubo abrazado á su hija.
 —Como una alhaja y más todavía. En la necesidad en que se encuentra de estar mucho tiempo sentado y solo, la reflexión madura mucho en él, y no puedes imaginarte los pensamientos que le ocurren. Me decía, al volver, que confiaba en haber sido notado por los asistentes á la iglesia, en atención á que es cojo y á que los cristianos deben tener gusto de recordar, en días como este, al que devolvía á los cojos las piernas y á los ciegos la vista.
 La voz de Bob revelaba una intensa emoción al repetir estas palabras: aun fué mayor cuando añadió que Tiny se robustecía de cada vez más.
 Se oyó en esto el ruido que causaba sobre el pavimento la pequeña muleta del niño, el cual entró en compañía de sus dos hermanos. Bob, recogiéndose las mangas, como si pudieran ¡pobre mozo! gastarse más, compuso, con ginebra y limones, una especie de bebida caliente, después de haberla agitado bien en todos sentidos, mientras que su hijo Pedro y los dos más pequeños, que sabían acudir á todas partes, iban á buscar el pato con el cual regresaron muy pronto, llevándolo en procesión triunfal.
 A juzgar por el alboroto que produjo la presentación, se hubiera creído que el pato es la más extraña de las aves, un fenómeno de pluma, con respecto al cual un cisne negro sería una cosa vulgar; y en verdad que tratándose de aquella pobre familia la admiración era muy lógica. Mrs. Cratchit hizo hervir la pringue, preparada con anticipación; el heredero Cratchit majó las patatas con un vigor extraordinario; Miss Belinda azucaró la salsa de manzanas; Marta limpió los platos; Bob hizo sentar á Tiny en uno de los ángulos de la mesa y los Cratchit más pequeños colocaron sillas para todo el mundo, sin olvidarse, por supuesto, de sí mismos, y una vez preparados, se metieron las cucharas en la boca, para no caer en la tentación de pedir del pato antes de que les correspondiera el turno. Por fin llegó el momento de poner los platos, y rezada la bendición, que fue seguida de un silencio general, Mrs. Cratchit, recorriendo cuidadosamente con la vista la hoja del cuchillo de trinchar, se preparó á hundirlo en el cuerpo del pato. Apenas lo hubo hecho; apenas se escapó el relleno por la abertura, un murmullo de satisfacción se levantó por todas partes, y hasta el mismo Tiny, excitado por sus hermanos más pequeños, golpeó con el mango de su cuchillo la mesa y gritó: hurra.
 —Nunca, dijo Bob, se había visto un pato igual. Su sabor, su gordura, su bajo precio, lo tierno que estaba, fueron el texto comentado de la admiración universal: con la salsa de manzanas y el puré de patatas hubo bastante para la comida de todos ellos. Mrs. Cratchit notando un pequeño resto de hueso, dijo que no se habían podido comer todo el pato: la familia entera estaba satisfecha, particularmente los pequeños Cratchit ambos llenos, hasta los ojos, de salsa de cebollas. Una vez cambiados los platos por Miss Belinda, su madre salió del comedor, pero sola, pues la emoción que le dominaba por el importante acto que iba á cumplir, requería que no la molestaran testigos: salió para servir el pudding. ¡Oh! ¡oh! ¡Qué vapor tan espeso! Sin duda había sacado el pudding del caldero. ¡Qué mezcla de perfumes tan apetitosos, de esos perfumes que recuerdan el restaurant, la pastelería de la casa de al lado. ¡Era elpudding! Después de medio minuto escaso de ausencia, Mrs. Cratchit, con la cara encendida, sonriente y triunfante, volvió á la mesa, en la que presentó el pudding, muy parecido á una bala de cañón en lo duro y firme, y flotando en media azumbre de aguardiente encendido, y todo coronado por la rama de acebo, símbolo de la Navidad.
 ¡Qué maravilloso pudding! Bob Cratchit dijo, de una manera formal y seria, que lo consideraba como la obra maestra de Mrs. Cratchit desde que se habían casado, á lo que respondió la interesada, que ahora que ya no tenía ese peso sobre el corazón, confesaba las dudas que habia tenido, acerca de su tino en echar la harina. Todos experimentaron la necesidad de decir algo, pero ninguno se cuidó, si tuvo tal idea, de decir que era un pudding bien pequeño para tan numerosa familia. Verdaderamente hubiera sido muy feo pensarlo ó decirlo: ningún Cratchit hubiera dejado de sonrojarse de vergüenza.
 Así que terminó la comida, quitaron los manteles, fue barrida la estancia y reanimada la chimenea. Se probó el grog compuesto por Bob y lo encontraron excelente; colocaron en la mesa manzanas y naranjas y entró el rescoldo un buen puñado de castañas. A seguida la familia se arregló alrededor de la chimenea, en círculo como decía Cratchit, en vez de semicírculo, y prepararon toda la cristalería de la familia, consistente en dos vasos y una pequeña taza de servir crema, sin asa. Y esto ¿qué importaba? No por eso dejaban de contener el hirviente licor como si hubieran sido vasos de oro, y Bob escanció la bebida radiante de júbilo, mientras que las castañas se asaban resquebrajándose con ruido al calor del fuego. Entonces Bob pronunció este brindis.
 —Felices Pascuas para todos nosotros y nuestros amigos. ¡Que Dios nos bendiga!
 Y toda la familia contestó unánimemente.
 —¡Que Dios bendiga á cada uno de nosotros! dijo Tiny el último de todos.
 Estaba sentado en un taburete cerca su padre. Bob le tenía cogida la descarada mano, como si hubiera querido darle una muestra especial de ternura, y consercarlo a su lado de miedo que se lo quitasen.
 —Espíritu, dijo Scrooge con un interés que hasta entonces no había manifestado: decidme si Tiny vivirá.
 —Veo un sitio desocupado en el seno de esa pobre familia, y una muleta sin dueño cuidadosamente conservada. Si mi sucesor no altera el curso de las cosas, morirá el niño.
 —No, no, buen espíritu: no; decid que viva.
 —Si mi sucesor no altera el curso de las cosas en esas imágenes que descubren el porvenir, ninguno de mi raza verá á ese niño. Si muere disminuirá asi el excedente de la población.
 Scrooge bajó la cabeza cuando oyó al espíritu repetir aquellas palabras, y el dolor y el remordimiento se apoderaron de él.
 —Hombre, añadió el espíritu; si poseéis un corazón de hombre, y no de piedra, dejad de valeros de esa jerigonza despreciable, hasta que sepáis lo que es ese excedente y dónde se encuentra. ¿Os atreveríais á señalar los hombres que deben vivir y los que deben morir? Es muy posible que á los ojos de Dios seáis menos digno de vivir que millones de criaturas semejantes al hijo de ese pobre hombre. ¡Dios mío! que un insecto oculto entre las hojas diga que hay demasiados insectos vivientes, refiriéndose á sus famélicos hermanos que se revuelcan en el polvo!
 Scrooge se humilló ante la reprimenda del espíritu, y temblando bajó los ojos. Pronto los levantó oyendo pronunciar su nombre.
 —¡Ah, Mr. Scrooge! dijo Bob; bebamos á la salud de él, puesto que le debemos este humilde festín.
 —¡Buen principal está! exclamó Mrs. Cratchit roja de cólera; quisiera verlo aquí para servirle un plato de mi gusto. Buen apetito había de tener para comerlo.
 —Querida mía, dijo Bob; los hijos... la Navidad.
 —Se necesita que nos encontremos en tal día para beber á la salud de un hombre tan aborrecible, tan avaro, tan duro como Mr. Scrooge. Ya sabéis que es todo eso. Ninguno lo puede decir mejor que vos, mi pobre marido.
 —Querida mía, insistió dulcemente Bob, el día de Navidad...
 —Beberé á su salud por amor á vos y en honra del día, mas no por él. Le deseo, pues, larga vida, felices Pascuas y dichoso año. He aquí con qué dejarlo bien contento, pero lo dudo.
 —Los niños secundaron el brindis, y esto fue lo único que no hicieron de buena gana en aquel día. Tiny bebió el último, pero hubiese dado su brindis por un perro chico. Scrooge era el vampiro de la familia: su nombre anubló la satisfacción de aquellas personas, pero fue cosa de cinco minutos.
 Pasados estos y desvanecido el recuerdo de Scrooge, Bob anunció que ya le habían prometido colocar á su hijo mayor con algo más de cinco chelines por semana.
 Los pequeños Cratchit rieron como locos, pensando que su hermano iba á tomar parte en los negocios, y el interesado miró con aire meditabundo, y por entre los picos del cuello de la camisa, al fuego, como si ya reflexionase acerca de la colocación que daría á una renta tan comprometedora.
 Marta, pobre aprendiz en un establecimiento de modista, refirió la clase de obra que tenía que hacer y las horas que necesitaba trabajar sin descanso, regocijándose con la idea de que al siguiente día podría permaneces más que de costumbre en el lecho. Añadió que acababa de ver á un lord y una condesa, aquél de la misma estatura que Pedro, con lo que éste se levantó tanto el cuello de la camisa, que casi no se le veía la cabeza. Durante la conversación las castañas y el grog circulaban de mano en mano, y Tiny cantó una balada relativa á un niño perdido entre las nieves. Tiny poseía una vocecita lastimera y lo hizo admirablemente, por quien soy.
 En todo aquello no había ciertamente nada de aristocrático. Aquella no era una hermosa familia. Ninguno de ellos estaba bien vestido. Tenían los zapatos en mal uso y hasta Pedro hubiera podido con su traje hacer negocio con un ropavejero; sin embargo, todos eran felices, y vivian en las mejores relaciones, satisfechos de su condición. Cuando Scrooge se separó de ellos se manifestaron más alegres de cada vez, gracias al benéfico influjo de la antorcha del espíritu, así es que continuó mirándolos hasta que se desvanecieron, y especialmente á Tiny-Tim.
 Había llegado la noche, oscuro y lóbrega. Mientras Scrooge y el espíritu recorrían las calles, la lumbre chisporroteaba en las cocinas, en los salones, en todas partes, produciendo maravillosos efectos. Aquí la llama vacilante dejaba ver los preparativos de una modesta pero excelente comida de familia, en una estancia que preservaban del frio de la calle por medio de espesos cortinajes de color rojo oscuro. Por allá todos los hijos de la casa, desafiando la temperatura, salían al encuentro de sus hermanas casadas, de sus hermanos, de sus tíos, de sus primos, para anticiparse á saludarlos. Por otras partes los perfiles de los convidados se divisaban á través de los visillos. Una porción de hermosas jóvenes, encapuchadas y calzadas de fuertes zapatos, hablando todas á la vez, se dirigían apresuradamente á casa de su vecina. ¡Infeliz del célibe (las astutas hechiceras lo sabían perfectamente) que las viese entonces penetrar en la casa con los semblantes coloreados por el frio!
 A juzgar por el número de personas que se dirigían a las reuniones, se hubiera podido decir que no quedaba nadie en las casas para dar la bienvenida, pero no sucedía así; en todas partes había amigos que aguardaban con el corazón bien alegre y las chimeneas bien repletas de fuego. Por eso se veía al espíritu arrebatado de entusiasmo, y que descubriendo su ancho pecho y abriendo su dadivosa mano, flotaba por encima de aquella multitud, derramando sobre las gentes su pura y cándida alegría. Hasta los humildes faroleros, acelerándose delante de él, marcando su trabajo con luminosos puntos á lo largo de las calles; hasta los humildes faroleros, ya vestidos para ir á alguna reunión, se reían a carcajadas cuando el espíritu pasaba cerca de ellos, por más que ignorasen lo próximo que lo tenían.
 De repente, sin que el espíritu hubiera dicho nada á su compañero, en preparación para tan brusco tránsito, se encontraron en medio de un lugar pantanoso, triste, desierto y sembrado de grandes montones de piedras, como si allí hubiera un cementerio de gigantes. El agua circulaba por todas partes, y no se ofrecía para ello otro obstáculo que el hielo que la sujetaba prisionera. Aquel suelo no producía más que musgo, retama y una hierba mezquina y ruda. Por el horizonte y en la dirección del Oeste, el Sol poniente había dejado un rastro de fuego de un rojo vivísimo, que iluminó por un momento aquel lugar de desolación, como si fuese la mirada brillante de un ojo sombrío cuyos párpados se cerrasen poco á poco, hasta que desapareció completamente en la oscuridad de una densa noche.
 —¿En dónde estamos? preguntó Scrooge.
 —Estamos donde viven los mineros, los que trabajan en las entrañas de la tierra, contestó el espíritu. Ya me reconocen, mirad.
 Brilló una luz en la ventana de una pobre choza, y ambos se dirigieron hacia aquel lado. Penetrando á través del muro de piedras y tierra que constituía aquel mísero albergue, vieron una numerosa y alegre reunión en torno de una gran fogata.
 Un bueno viejo, su mujer, sus hijos, sus nietos y sus biznietos, estaban congregados allí vestidos con su mejor traje. El viejo, con voz que ya no podía sobreponerse al agudo silbido del viento que soplaba sobre los arenales, cantaba un villancico (muy antiguo ya cuando él lo aprendió de niño), y los circunstantes repetían de tiempo en tiempo de estribillo. Cuando ellos cantaban el viejo se sentía reanimado, pero cuando callaban volvía á caer en su debilidad.
 El espíritu no se detuvo aquí, sino que encargando á Scrooge que agarrara vigorosamente, lo transportó por encima de los pantanos, ¿adónde? No al mar, me parece; pues sí, al mar. Scrooge aterrorizado, observó cómo se desvanecía en la sombra el promontorio más avanzado: el ruido de las olas embravecidas y rugientes que corrían a estrellarse con el fragor del trueno en las cavernas que habían socavado, como si en el exceso de su ira el mar tratase de minar la tierra, le ensordeció.
 Edificado sobre una desnuda roca que apenas salía á flor de agua, y azotado furiosamente por las olas durante todo el año, se levantaba a mucha distancia de tierra un faro solitario. En el basamento se acumulaban multitud de plantas marinas, y el pájaro de las tempestades, nacido acaso de los vientos como las algas de las aguas, revoloteaba en torno de la torre como las olas sobre que se mecía.
 Hasta en aquel sitio, los dos hombres á cuyo cargo estaba la custodia del faro, habían encendido una hoguera que despedía sus luminosos rayos hasta el alborotado mar por la abertura hecha en la recia muralla. Dándose un apretón con sus callosas manos, por encima de la mesa á la cual estaban sentados, se deseaban felices Pascuas brindando con grog: el más viejo, de cutis apergaminado y lleno de costurones, como esas figuras esculpidas en la proa de los antiguos buques, entonó con voz ronca un canto salvaje que tenía mucho de las ráfagas tempestuosas.
 El espectro seguía siempre sobre el mar sombrío y turbulento; siempre, siempre, hasta que en su rápida marcha, lejos ya, muy lejos de tierra como le dijo Scrooge, descendió á un buque, colocándose cerca del timonero á veces, otras del vigilante á proa, otras de los oficiales de guardia, visitando todas estas fantásticas figuras en los varios sitios a donde debían acudir. Todos ellos tarareaban una canción alusiva al día: pensaban en la Navidad; recordaban á sus compañeros otras de que habían disfrutado, contando siempre con volver al seno de sus familias. Todos á bordo, despiertos ó dormidos, buenos ó malos, habían estado más cariñosos entre sí que durante el resto del año; todos se habían comunicado sus alegrías; todos se habían acordado de sus parientes o amigos, esperando que éstos se acordasen también.
 Scrooge quedó altamente sorprendido de que mientras estaba atento al estribor del huracán, y se perdía en abstracciones acerca de lo solemne de semejante viaje, á través de la oscuridad, por encima de aquellos espantosos abismos, cuyas profundidades son secretos tan impenetrables como el de la muerte, llegara á sus oídos una ruidosa carcajada. Pero su sorpresa fue mayor al advertir que aquella carcajada procedía de su sobrino, el cual se hallaba en un salón perfectamente iluminado, limpio, con buen fuego y en compañía del espíritu, que lanzaba sobre el alegre joven miradas llenas de dulzura y de benevolencia.
 Si os sucede, por una casualidad poco probable, que os encontréis con un hombre que sepa reír de mejor gana que el sobrino de Scrooge, os digo que desearía trabar relaciones con él. Hacedme el favor de presentármelo y entablaré amistad.
 Por una dichosa, justa y noble compensación en las cosas del mundo, aunque las enfermedades y los pesares son contagiosos, lo es más la risa y el buen humor. Mientras el sobrino de Scrooge se reía, segun he indicado, apretándose los ijares é imprimiendo á su cara las muecas más extravagantes, la sobrina de Scrooge, sobrina por afinidad, se reía de tan buena gana como su marido; los amigos que con ellos estaban no hacían menos y acompañaban en la risa á más y mejor.
 —Bajo palabra de honor, os aseguro, decía el sobrino, que ha proferido la palabra: que la Navidad es una tontería, é indudablemente esa era su convicción.
 —Tanto más vergonzoso para él, dijo la mujer indignada.
 Por eso me gustan las mujeres: no hacen nada á medias: todo lo toman por lo serio.
 La sobrina de Scrooge era bonita; excesivamente bonita, con su encantador rostro, con su aire sencillo y cándido, con su arrebatadora boquita hecha para ser besada, y que indudablemente lo era á menudo; con sus mejillas llenas de pequeños hoyuelos; con sus ojos, los más expresivos que pueden verse en fisonomía de mujer: en una palabra, su belleza tenía tal vez algo de provocativa, pero revelando que se hallaba dispuesta á dar una satisfacción, sí; satisfacción completa.
 —Es muy chusco ese hombre, dijo el sobrino de Scrooge. En verdad, podría hacerse más simpático; pero como sus defectos constituyen su propio castigo, nada tengo que decir en contra de eso.
 —Creo que es muy opulento, Federico, dijo la sobrina: á lo menos eso me habéis dicho.
 —¡Qué importa su riqueza, mi querida amiga! replicó el marido. Para maldita la cosa que le sirve; ni aun para hacer bien á nadie; ni a sí mismo. Ni siquiera tiene la satisfacción de pensar, ja, ja, ja, que nosotros nos hemos de aprovechar pronto de ella.
 —Ni aun con eso puedo sufrirlo, continuó la sobrina, á cuya opinión se adhirieron sus hermanas y las demás señoras concurrentes.
 —Pues yo soy más tolerante. Me aflijo por él, y nunca le desearé mal aunque tenga gana, porque quien padece de sus genialidades y de su mal humor es él y sólo él. Y lo que digo no es porque se le haya puesto en la cabeza rehusar mi convite, pues al fin, de aceptarlo, se hubiera encontrado con una comida detestable.
 —¡De veras! Pues yo creo que se ha perdido una buena comida, exclamó su mujer interrumpiéndola. Los convidados fueron de la misma opinión, y necesariamente eran personas muy autorizadas para decirlo, porque acababan de saborearla.
 —Me alegro de saberlo, repuso el sobrino de Scrooge, porque no tengo mucha confianza en el talento de estas jóvenes caseras. ¿Qué opináis Topper?
 Topper tenía los ojos puestos en una de las cuñaditas de Scrooge, y respondió que un célibe era un miserable paria á quien no le asistía el derecho de emitir opinión sobre tal materia, á cuyas palabras la cuñada del sobrino de Scrooge, aquella joven tan regordetilla que veía á un extremo con pañoleta de encajes, no la que lleva un ramo de rosas, se puso sofocada.
 —Seguid lo que estabais diciendo, Federico, dijo su mujer dando unas palmadas. Nunca acaba lo que ha comenzado. ¡Qué ridículo es eso!
 El sobrino de Scrooge soltó la carcajada de nuevo, y como era imposible librarse del contagio, aunque la joven regordeta trataba de hacerlo poniéndose á aspirar el frasco de sales, todos siguieron el ejemplo del joven.
 —Me proponía únicamente decir, que mi tío presentándome tan mala cara, y negándose á venir con nosotros, ha perdido algunos momentos de placer que le hubieran venido muy bien. Indudablemente se ha privado de una compañía mucho más agradable que sus pensamientos, que un mostrador húmedo y que sus polvorientas habitaciones. Esto no quita para que todos los años le invite de la misma manera, plázcale ó no, porque tengo lástima de él. Dueño es, si así le parece, de burlarse de la Navidad; pero no podré menos de formar buena opinión de mí, cuando me vea presentarme á él todos los años, diciéndole con mi acostumbrado buen humor: «Mi querido tío: ¿qué tal os va?» Si esto pudiera inspirarle la idea de aumentar el sueldo de su dependiente hasta cuarenta y cuatro libras esterlinas, se habría conseguido algo. No sé, pero se me figura que ayer lo ha quebrantado.
 Al oír aquello todos los concurrentes se rieron, pareciéndoles que era sobrada pretensión la de haber conseguido quebrantar a Scrooge; pero como el sobrino era de bellísimo genio, y no se cuidaba de saber por qué se reían con tal que se rieran, aun los animó haciendo circular las botellas.
 Después del té hubo un poco de música, porque los convidados aquellos constituían una familia de músicas, que entendían perfectamente lo de cantar arias y ritornelos; sobre todo Topper, que sabia lanzar su gruesa voz de bajo como un artista consumado, sin que se le hincharan las venas de la frente y sin ponerse rojo como un cangrejo. La sobrina de Scrooge tenía bien el arpa: entre otras piezas ejecutó una cancioncilla (una cosa insignificante que hubierais aprendido á tararear en dos minutos), pero que era justamente la favorita de la joven que, tiempos atrás, fue en busca de Scrooge al colegio, como el fantasma de la Navidad se lo había hecho á la memoria. Ante aquellas tan conocidas notas, recordó de nuevo Scrooge todo lo que el espectro le representara, y más enternecido de cada vez, consideró que si hubiera tenido la dicha de oir frecuentemente aquella insignificante cancioncilla, habría podido conocer mejor lo que de grato encierran las dulces afecciones de la existencia y cultivándolas; empresa algo más meritoria que la de cavar con impaciencia de sepulturero su fosa, según ocurrió con Marley.
 No tan sólo la música ocupó á aquellos convidados. Al cabo de rato se jugó á juegos de prendas, porque es conveniente volver á los días de la niñez, sobre todo, teniendo en cuenta que la Navidad es una fiesta establecida por un Dios niño. Atención Se dio principio por gallina ciega. ¡Oh! ¡Y qué tramposo está Topper! Hace como que no ve, pero perded cuidado; ya sabe bien adonde dirigirse. Estoy seguro de que se ha puesto de acuerdo con el sobrino de Scrooge, pero sin conseguir engañar al espíritu de la Navidad allí presente. La manera como el pretendido ciego persigue á la regordetilla de la pañoleta, es un insulto positivo que se dirige á la credulidad humana. Por más que ella se coloque detrás del guarda-fuego, ó encima de las sillas, ó al amparo del piano, ó encima de las sillas, ó al amparo del piano, ó entre los cortinajes á riesgo de asfixiarse, a todas partes donde va ella va tambien él. Siempre sabe donde tropezar con la regordetilla. No quiero coger á nadie más, y aunque le salgáis al paso, como algunos lo han hecho de propósito, hará como que os quiere agarrar, pero con tal torpeza, que no puede engañarnos, y luego se dirigirá hacia donde se oculta la regordetilla. «Eso no es jugar bien:» dice ella huyendo cuanto puede, y tiene razón; pero á lo último, cuando él la coge; cuando á despecho de la ligereza de la joven, él logra arrinconarla de manera que no pueda escapársele, entonces su conducta es inicua. Bajo pretexto de que no sabe a quién ha cogido, la reconoce pasándole la mano por la cabeza, ó se permite tocar cierto anillo que ella lleva al dedo, ó una cadena con que se adorna el cuello. ¡Oh infame monstruo! Por eso así que él deja el pañuelo á otra persona, los dos jóvenes tienen en el hueco de la ventana, detrás de las cortinas, una conferencia particular, en la que ella le dice á él todo lo que le parece.
 La sobrina de Scrooge no tomaba parte en el juego. Se había retirado á uno de los rincones de la sala, y allí estaba sentada en un sillón con los pies en un taburete, teniendo detrás al aparecido y á Scrooge. En los juegos de enigmas sí que participó. Era muy diestra en ellos, con gran satisfacción de su esposo, y les sentaba bien las costuras á sus hermanas y eso que no eran tontas: preguntádselo si no á Topper.
 Allí había como veinte personas entre viejos y jóvenes.
 Todos jugaban, hasta el mismo Scrooge, quien, olvidando de todo punto que no sería dado, se interesaba en todo aquello, diciendo en alta voz el secreto de los enigmas que se proponían: os aseguro que adivinaba muchas y que la más fina aguja, la de marca más acreditada, la más puntiaguda, no lo era tanto como el ingenio de Scrooge, á pesar del aire bobalicón de que revestía para engatusar  a sus parroquianos.
 El aparecido gozaba de verle en semejante disposición de espíritu, y lo contemplaba con aspecto tan lleno de benevolencia, que Scrooge le pidió encarecidamente como un niño, que lo tuviese allí hasta que se marcharan los convidados.
 —Un nuevo juego, espíritu; un nuevo juego. Media hora nada más.
 Tratábase del juego conocido con el nombre de sí y no. El sobrino de Scrooge debía tener un pensamiento, y los demás la obligación de adivinarlo. A las preguntas que le hacía él no contestaba más que sí ó no. La granizada de interrogatorios á que lo sujetaron, fue causa de que hiciese muchas indicaciones; que pensaba en un animal: que era un animal vivo, adusto y salvaje; un animal que rugía y gruñía en varias ocasiones: que otras veces hablaba: que residía en Londres: que se paseaba por las calles: que no lo enseñaban por dinero: que no iba sujeto con cordón: que no estaba en una casa de fieras ni destinado al matadero, y que no era ni un caballo, ni un asno, ni una vaca, ni un toro, ni un tigre, ni un perro, ni un cerdo, ni un gato, ni un oso. A cada pregunta que le hacían aquel tunante de sobrino daba a reír, y tan grandes eran á veces los accesos, que se veía obligado á levantarse para patear de gusto. Por fin la cuñada regordetilla, riéndose á más no poder, exclamó:
 —Lo he adivinado, Federico: ya sé lo que es.
 —¿Qué es?
 —Es vuestro tío Scro...o...o...o...oge.
 Efectivamente había acertado. La admiración fue general, si bien algunas personas objetaron que á la pregunta: «¿Es un oso?» debía haberse contestado: «Sí,» tanto más, cuanto que á la respuesta negativa, muchos habían dejado de pensar en Scrooge para buscar por otro lado.
 —En medio de todo ha contribuido muy especialmente á divertirnos, dijo Federico, y seríamos sobre toda ponderación ingratos, si no bebiéramos á su salud. Cabalmente todos empuñamos ahora un vaso de ponche de vino; por lo tanto: á la salud de mi tío Scrooge.
 —Sea: á la salud del tío Scrooge, contestaron.
 —Felices Pascuas y dichoso año para el viejo, á pesar de su genio. El no aceptaría este buen deseo de mi parte, pero se lo tributo sin embargo. A mi tío Scrooge.
 Scrooge se había dejado dominar de tal modo por la hilaridad general, experimentaba tanto descanso en su corazón, que de buena gana hubiera tomado parte en el brindis, aunque nadie sabía de su presencia allí, y pronunciado un buen discurso de gracias, siquiera fuese desoído, á no ser porque no se lo permitió el fantasma. Hubo cambio de escena. Cuando el sobrino pronunciaba la última palabra del brindis, Scrooge y el espíritu comprendieron de nuevo el curso de su viaje.
 Vieron muchos países. Fueron muy lejos visitaron un gran número de moradas, y siempre con las mejores consecuencias para aquellos a quienes se acercaba el espíritu de la Navidad.
 Al aproximarse al lecho de uno, enfermo y en extranjera tierra, éste se olvidaba de su dolencia y se creía trasportado al suelo patrio. Si á una alma en lucha con la suerte, le infundía sentimientos de resignación y esperanza en mejor porvenir. Si á los pobres, inmediatamente se creían ricos. Si á las casas de caridad, á los hospitales y á las prisiones, á todos estos refugios de la miseria, donde el hombre vano y orgulloso no había podido, abusando de su pequeño y efímero poder, impedir la entrada al espíritu, éste dejaba caer su bendición y enseñaba a Scrooge mil preceptos caritativos.
 Fue una noche muy larga, si es que todo esto se cumplió en una noche: Scrooge lo dudó porque á su juicio habían sido condensadas muchas Navidades en el tiempo que estuvo con el aparecido. Sucedía una cosa extraña y era que mientras Scrooge conservaba incólumes sus formas exteriores, el espíritu se hacía más viejo; visiblemente más viejo.
 Scrooge advirtió la transformación, mas no dijo nada, hasta que al salir de un recinto, donde varios niños celebraban la fiesta de Reyes, miró al espíritu, así que se encontraron solos, y vio lo mucho que había encanecido.
 —¿Tan corta es la vida de los espíritus?
 —La mía es muy breve en este mundo, contestó el espectro. Termina hoy por la noche.
 —¡Esta noche!
 —Esta noche. A las doce. Oíd: la hora se acerca. A la sazón daba el reloj los tres cuartos para las doce.
 —Dispensadme si es que soy indiscreto, dijo Scrooge que consideraba atentamente la vestidura del espíritu: veo algo extraño que sale de debajo de vuestra túnica y que no es vuestro. ¿Es un pié ó una garra?
 —Podría ser garra si se fuera á juzgar por la carne que la cubre, contestó es espíritu: mirad.
 Y de los pliegues de la túnica sacó dos niños, dos míseros seres, que se arrodillaron á sus piés y se agarraron á su vestido.
 —¡Oh, hombre! Mira, mira, mira á tus pies, exclamó el espíritu.
 Eran un niño y una niña, amarillos, flacos, cubiertos de andrajos, de fisonomía ceñuda, feroz, aunque servil en su abyección. En vez de la graciosa juventud que hubiera debido hacer frescas y redondas sus mejillas, con hermosos colores, una mano seca y descarnada, como la del tiempo, las había puesto rugosas, escuálidas y descoloridas. Aquellos rostros, que hubieran podido asemejarse á los de los ángeles, parecían como de demonios, hasta en las miradas tan torvas que lanzaban. Ningún cambio, ninguna descomposición de la especie humana, en ningún grado, hasta en los misterios más recónditos de la naturaleza, han produjo monstruos tan horrorosos y terribles.
 Scrooge retrocedió, pálido y lleno de espanto. No queriendo ofender al espíritu, padre acaso de aquellos infelices seres, probó á decir que eran unos niños hermosos, pero las palabras se le detuvieron en la garganta por no hacerse cómplices de una mentira tan atroz.
 —Espíritu, ¿son vuestros hijos?
 Scrooge no pudo añadir más.
 —Son los de los hombres, contestó el espíritu contemplándolos, y me piden auxilio para quejarse de sus padres. El de allá es la ignorancia; el de aquí la miseria. Preservaos del uno y del otro y de toda su descendencia; pero sobre todo del primero, porque sobre su frente veo escrito «¡Condenación!» Apresúrate, Babilonia, continuó extendiendo la mano sobre la ciudad; apresúrate á que desaparezca esa palabra que te condena más que a él: á ti á la ruina, á él á la desdicha. ¡Atrévete á decir que no eres culpable! Calumnia á los que te acusan: esto puede servir á tus aborrecibles designios; pero, ¡cuidado al fin!
 —¿No poseen ningún recurso, ni cuentan con asilo? gritó Scrooge.
 —¿No hay prisiones? respondió el espíritu devolviéndole irónicamente, y por la vez postrera, sus mismas frases.
 En el reloj daban las doce.
 Scrooge buscó al espectro, pero ya no lo vio. Al sonar la última campanada, hizo memoria de la predicción del viejo Marley, y alzando la vista divisó otro aparecido de majestuosa apostura, envuelto en una túnica y encapuchado, que se acercaba deslizándose sobre el suelo vaporosamente.



CUARTA ESTROFA


el último de los espíritus


 Cuando llegó cerca de Scrooge, éste se arrodilló, experimentando el terror sombrío y misterioso que envolvía al espíritu.
 Iba completamente envuelto en un largo ropaje que ocultaba su fisonomía, su cabeza y sus formas, no dejando ver más que una de sus manos tendida, sin lo cual hubiera sido muy difícil distinguir aquella figura en las densas sombras de la noche que le circundaban.
 Cuando Scrooge estuvo á su lado vio que el aparecido era de estatura elevada y majestuosa, y que su misteriosa presencia lo llenaba de respetuoso temor; pero no supo más, porque el aparecido no hablaba ni hacía ningún movimiento.
 —¿Estoy en presencia del espíritu de la Navidad por venir?
 El espectro no contestó, limitándose á tener siempre la mano tendida.
 —¿Vais á mostrarme las sombras de las cosas que no han sucedido todavía, pero que sucederán con el tiempo?
 La parte superior de la vestidura del fantasma se contrajo un poco, según lo indicaron los pliegues al aproximarse como sí el espectro hubiera inclinado la cabeza. No dio otra respuesta.
 Aunque hecho ya al comercio con los espíritus, Scrooge sentía tal pavor en presencia de aquel aparecido tan silencioso, que sus piernas temblaban y apenas disponía de fuerzas para sostenerse en pié cuando se veia obligado á seguirle. El espíritu, como si hubiera conocido la turbación de Scrooge, se paró un momento como para darle lugar á que se repusiese.
 Esto agitó más á Scrooge. Un vago escalofrío de terror le recorrió todo el cuerpo, al advertir que, bajo aquel fúnebre sudario los ojos del fantasma estaban constantemente fijos en él, y que, á pesar de todos sus esfuerzos, no podía ver más que una mano de espectro y una masa negruzca.
 —Espíritu del porvenir, os temo más que á ninguno de los espectros que hasta ahora he visto. Sin embargo, como conozco que os halláis aquí por mi bien, y espero vivir de una manera muy diferente que hasta ahora, os seguiré adonde queráis, con corazón agradecido. ¿No me hablareis?
 Ninguna respuesta. Tan sólo la mano hizo señal de ponerse en marcha.
 —Guiadme, dijo Scrooge, guiadme. La noche avanza rápidamente y el tiempo es muy precioso para mí; lo sé. Espíritu guiadme.
 El fantasma empezó á deslizarse como había venido. Scrooge fue detrás de la sombra de la vestidura; parecíale que ésta lo levantaba y lo arrastraba.
 No se puede decir que penetraran en la ciudad, sino que la ciudad surgió alrededor de ellos, rodeándolos con su movimiento y su agitación. Estaban en el mismo centro de la City, en la Bolsa y con los negociantes que iban de un lado para otro de prisa, haciendo sonar el dinero en los bolsillos, agrupándose para entretenerse en negocios, mirando sus relojes y jugando distraídamente con la cadena, etc., como Scrooge los había visto en todas ocasiones.
 El espíritu se detuvo cerca de un pequeño grupo de capitalistas, y Scrooge, adivinando su intención por la mano tendida, se acercó á escuchar.
 —No... Decía un señor alto y grueso de triple y canosa barba; no sé nada más; sé tan solamente que ha muerto.
 —¿Cuándo?
 —Anoche, según creo.
 —¿Cómo y de qué ha muerto? preguntó otro señor tomando una provisión de tabaco de una enorme tabaquera. Yo me figuraba que no se moriría nunca.
 —Dios solo lo sabe, dijo el primero bostezando.
 —¿Qué ha hecho de su dinero? preguntó otro señor de rubicunda faz, que ostentaba en la punta de la nariz una enorme lupia colgante como el moco de un pavo.
 —No lo sé, contestó el hombre de la triple barba, bostezando de nuevo. Tal vez lo haya dejado á su sociedad: de todas suertes no es á  á quien lo ha dejado: hé aquí lo único que sé.
 Esta chanza fue recibida con una carcajada general.
 —Es probable, continuó el mismo, que las sillas para los funerales no le cuesten nada, así como tampoco los coches, pues juro que no conozco á nadie que esté dispuesto á ir á semejante entierro. ¡Si fuéramos nosotros sin que nos convidaran!
 —Me es indiferente con tal que haya refresco, dijo el de la lupia: yo quiero que me den de comer por ese trabajo [1].
 —Ya veo, dijo el primer interlocutor, que soy más desinteresado que todos los presentes.
 Yo no iría porque me regalaran guantes negros, pues no los gastó, ni porque me dieran de comer, pues no lo acostumbro en tales casos, pero sí como alguno quisiera acompañarme. ¿Sabéis por qué? Porque, reflexionando, me han asaltado dudas acerca de si yo era íntimo amigo suyo, á causa de que cuando nos encontrábamos teníamos la costumbre de detenernos para hablar un poco. Adiós señores: hasta la vista.
 El grupo se deshizo para constituir otros. Scrooge conocía á todos aquellos señores, y miró al espíritu para pedirle una explicación acerca de lo que acababan de decir.
 El espíritu se dirigió á otra calle, y mostró con el dedo dos individuos que se saludaban. Scrooge escuchó en la esperanza de descifrar aquel enigma.
 También los conocía. Eran dos negociantes ricos, muy considerados y en cuya estimación creía estar bajo el punto de vista de los negocios, pero sencilla y puramente de los negocios.
 —Cómo está Vd.?
 —Bien y vos.
 —Bien, gracias. Parece que el viejo Gobseck ha dado ya sus cuentas, eh....
 —Me lo han dicho. Hace frio. ¿es verdad?
 —Psch; como de la estación: como de Navidad. Supongo que no patináis.
 —No; tengo otras cosas en que pensar. Buenos días.
 Ni una palabra más. Así se encontraron, así se hablaron, y así se separaron.
 A Scrooge le pareció, al principio, chocante que el espíritu atribuyese tanta importancia á conversaciones aparentemente tan triviales; pero convencido de que debían encerrar algún sentido oculto, empezó á discurrir sobre cuál sería éste, según todas las probabilidades.
 Era difícil que se refiriesen á la muerte de su antiguo socio Marley: á lo menos no parecía verosímil, porque el fallecimiento era suceso ya ocurrido, y el espectro ejercía jurisdicción sobre lo porvenir; pero tampoco adivinaba quién pudiera ser la persona de él conocida, á la cual cupiese aplicar el acontecimiento. Sin embargo, íntimamente persuadido de que cualquiera que fuese la persona, debía encerrarse en aquello alguna lección correspondiente á él y para su bien, determinó fijarse y recoger las palabras que oyese y las cosas que presenciase, y particularmente observar con la más escrupulosa atención su propia imagen cuando se le apareciese, penetrado de que la vista de ella le proporcionaría la llave del enigma haciéndole la solución fácil.
 Se buscó pues en aquel lugar, pero había alguien que ocupaba su sitio, el puesto á que más afección tenía, y aunque el reloj indicaba la hora a que él iba, por lo común, a la bolsa, no vio á nadie que se le pareciese en el gran número de personas que se apresuraban á entrar. Aquello le sorprendió poco, porque como desde sus primeras visiones había formado el propósito de cambiar de vida, se figuraba que su ausencia era prueba de haber puesta en ejecución sus planes.
 El aparecido se mantenía siempre á su lado inmóvil y sombrío. Cuando Scrooge salió de su ensimismamiento, se figuró, por la postura de la mano y por la posición del espectro, que lo contemplaba fijamente, con mirada invisible. Esto le hizo estremecerse de pies á cabeza.
 Abandonando el alborotado teatro de los negocios, se dirigieron á un barrio muy excéntrico de la ciudad, en donde Scrooge no había estado nunca, pero cuya mala reputación no le era desconocida. Las estrechas calles que lo constituían presentaban un cuadro de suciedad indescriptible, así como sus miserables tiendas y mansiones; los habitantes que moraban allí, el de seres casi desnudos, ebrios, descalzos, repugnantes. Las callejuelas y los sombríos pasadizos, como si fueran otras tantas cloacas, despedían sus desagradables olores, sus inmundicias y sus vecinos sobre aquel laberinto: aquel barrio era la guarida del crimen y de la miseria.
 En lo más oculto de aquella infame madriguera, se veía una tienda baja y saliente, bajo un cobertizo, en la cual se vendía hierro, trapos viejos, botellas viejas, huesos y trozos de platos de la comida del día precedente. Sobre el piso de un compartimiento interior había, amontonados, clavos, llaves herrumbrosas, cadenas, goznes, limas, platillos de balanzas, pesos y toda clase de ferretería.
 En aquellos hacinamientos asquerosos de grasas corrompidas, de huesos carcomidos, se encerraban, acaso, muchos misterios que pocas personas hubieran tenido valor para indagar. Sentado en medio de aquellas mercancías con las que comerciaba, cerca de un fogón hecho de ladrillos ya usados, se veía un mugriento bribón, con los cabellos ya blancos por la edad (contaba setenta años), abrigándose contra el aire exterior por medio de un cortinaje grasiento, formado de retales despareados, sujetos á un cordel, fumando en pipa y saboreando con placer el deleite de su apacible soledad.
 Scrooge y el espectro se colocaron enfrente de aquel hombre, en el momento en que una mujer, portadora de un grueso paquete, se escurría á la tienda. Apenas penetró fue seguida de otra cargada de la misma manera, y ésta de un hombre vestido de un traje negro y muy raido, cuyo hombre se sorprendió al verlas, como ellas al verle. Después de algunos momentos de estupefacción de todos ellos, estupefacción de que también participó el hombre de la pipa, se echaron a reír.
 —Que pase primeramente la asistente, dijo la segunda mujer: después vendrá la lavandera y últimamente el encargado de las pompas. ¿Qué opináis, honrado tendero? ¡Por cierto que es casualidad! No parece sino que nos hemos dado cita los tres.
 —No podíais haber escogido mejor lugar, dijo el tendero quitándose la pipa de la boca. Entrad en el salón. Hace tiempo que tienes facultad para entrar aquí libremente; los otros dos tampoco son extraños. Aguardad á que cierre la puerta de la tienda. ¡Cómo chirrían los goznes! Creo que no existe aquí ningún hierro más viejo que ellos, como no hay en el almacén, y de esto me considero muy seguro, otras osamentas más añejas que las mías. ¡Ah, ah! Todos nos hallamos en consonancia con nuestra condición: hacemos un buen juego. Entrad.
 El salón lo constituía el espacio que estaba separado de la tienda por la cortina de retales. El viejo tendero removió el fuego con una barra de hierro rota, procedente de una barandilla de escalera; y después de haber reanimado su humosa lámpara (porque ya era de noche) con la boquilla de la pipa, puso de nuevo esta en la boca.
 Mientras que de este modo cumplía con los deberes de la hospitalidad, la mujer que había hablado la primera, dejó su paquete en el suelo, y se sentó con aire negligente en un taburete, colocando los codos sobre las rodillas, y andando una mirada de desafío á los otros dos concurrentes.
 —Bueno. ¿Qué tenemos? ¿Qué hay señora Dilber? dijo encarándose con la otra. Todas tenemos el derecho de pensar en nosotros mismos. ¿Ha hecho otra cosa él durante su vida?
 —En verdad, dio la lavandera: ninguno tanto como él.
 —Pues bueno: entonces no tenéis necesidad de estaros ahí, abriendo de tal modo los ojos, como si os dominara el miedo; somos lobos de una camada.
 —De seguro, exclamaron la Dilber, y el saltatumbas: en ese convencimiento estamos.
 —Pues no hay más que decir: estamos como queremos. No hay que buscar tres pies al gato. Y luego ¡vaya un mal! ¿A quién se le causa perjuicio con esas fruslerías? De seguro que no es al muerto.
 —¡Oh, en verdad que no! dijo riéndose la Dilber.
 —Si quería guardarlos ese tío roñoso para después de su fallecimiento, continuó la mujer, ¿por qué no ha hecho como los demás? No necesitaba más que haber llamada á una enfermera para que lo cuidase, en vez de morirse en un rincón abandonado como un perro.
 —Es la pura verdad, ratificó la Dilber: tiene lo que merece.
 —Hubiera querido que el lance no le saliera tan barato, continuó la primera mujer: os aseguro que á estar en mi mano no hubiera perdido la ocasión de coger algo más.
 Desliad el paquete, tendero, y decid francamente lo que vale. No tengo reparo en que lo vean. Los tres sabíamos antes de penetrar aquí la clase de negocios que hacemos. No hay ningún mal en ello.
 Pero se entabló un pugilato de cortesía. Los amigos de aquella mujer no quisieron, por delicadeza, que fuese la primera, y el hombre del traje negro tuvo la primacía en desatar su lio... No guardaba mucho. Un sello ó dos; un lapicero; dos gemelos de camisa; un alfiler de muy poco valor; esto era todo. Los objetos fueron examinados minuciosamente por el viejo tendero, quien iba marcando en la pared con una tiza la cantidad que pensaba dar por cada uno de ellos terminado el examen hizo la suma.
 —He ahí, dijo, lo que valen. No daría ni tres cuartos más aunque me tostaran á fuego lento. ¿Qué hay después de esto?
 Tocaba la vez á la Dilber. Enseñó sábanas, servilletas, un traje, dos cucharillas de plata de forma antigua; unas tenacillas para el azúcar y algunas botas. El tendero hizo la cuenta como antes.
 —Siempre pago de más á las señoras. Es una de mis debilidades, y por eso me arruino, dijo el tendero. He ahí vuestra cuenta. Si me pedís un cuarto más y entramos en cuestión, me desdiré, y rebajaré algo del primer propósito que he tenido.
 —Ahora desliad mi paquete, dijo la primera mujer.
 El tendero se arrodilló para mayor comodidad, y deshaciendo una porción de nudos, sacó del lio una gruesa y pesada pieza de seda oscura.
 —¿Qué es esto? preguntó. Son cortinas de cama.
 —Sí, contestó riendo la mujer é inclinando el cuerpo sobre sus cruzados brazos. Cortinas de cama.
 —No es posible que las hayas quitado, con anillos y todo, mientras que él estaba todavía en la cama, observó el tendero.
 —Sí; ¿por qué no?
 —Entonces has nacido para ser rica y lo serás.
 —Te aseguro que no vacilaré en echar mano sobre cualquier cosa tratándose de ese hombre: te lo aseguro, amigo, ratificó con la mayor sangre fría. Ahora cuidado que no caiga aceite sobre los cobertores.
 —¿Los cobertores? ¿De él? preguntó el tendero.
 —De quién habían de ser? ¿Tienes miedo de que se constipe por haberle despojado de ellos?
 —Pero confío en que no habrá muerto de alguna enfermedad contagiosa. ¿Eh? preguntó el tendero parando en el examen y levantando la cabeza.
 —No tengáis miedo. A ser así no hubiera yo permanecido en su compañía por tan mezquinas utilidades. Puedes examinar esa camisa hasta que te se salten los ojos. No encontrarás ni el más pequeño agujero: ni siquiera está usada. Era la mejor que tenía y en verdad que no es mala. Ha sido una dicha que yo me hallase allí, porque si no se hubiera perdido.
 —¿Cómo?
 —Lo hubieran enterrado con ella. No hubiera faltado alguno bastante tondo para hacerlo; por eso me ha apresurado á quitársela. El percal es suficientemente bueno para tal uso: si no es útil para ese servicio, entonces ¿de qué sirve el percal? Es bueno para envolver cadáveres, y en cuanto á la elegancia, no estará más feo el cuerpo de ese tío dentro de una camisa de percal que dentro de una de hilo: es imposible.
 —Scrooge escuchaba lleno de horror aquel infame diálogo. Aquellos seres sentados, ó por mejor decir, agachados, sobre su presa, apretados unos contra otros á la pálida luz de la lámpara del tendero, le producía un sentimiento de odio y de asco, tan vivo como si hubiera visto á codiciosos demonios disputándose el mismo cadáver.
 —¡Ah, ah! continuó riendo la mujer, viendo que el tendero, sacando un tal eguillo de franela, daba á cada uno, contándola en el suelo, la parte que le correspondía. Esto es lo mejor. Mientras vivió, todo el mundo se alejó de él, y así cuando ha muerto hemos podido aprovecharnos de sus despojos. Ja, ja, ja.
 —Espíritu, dijo Scrooge, estremeciéndose: comprendo: comprendo. La suerte de ese infortunado podria alcancarme á mi también. A eso llego quien sigue la conducta que yo... ¡Señor Misericordia! ¿Qué es lo que veo?
 —Y retrocedió lleno de horror, porque habiendo cambiado la escena, se vió cerca de un lecho, de un lecho despojado, sin cortinajes, sobre el cual, y cubierto con una sábana desgarrada, habia algo que en su mudo silencio, hablaba al hombre con aterradora elocuencia.
 El aposento estaba muy oscuro, demasiado oscuro para que se pudiera ver con exactitud lo que allí había, por más que Scrooge obedeciendo á un misterioso impulso, paseaba por aquella estancia sus inquietas miradas, deseoso de averiguar lo que aquello era. Una luz pálida que venía del exterior, alumbraba directamente el lecho donde yacía el muerto, robado, abandonado por todo el mundo, junto al cual no lloraba nadie, ni rezaba nadie.
 Scrooge miró al aparecido, cuya mano fatal señalaba á la cabeza del cadáver. El sudario había sido puesto tan descuidadamente, que hubiera bastado el más pequeño movimiento de su cuerpo para descubrirle la cara. Scrooge advirtió lo fácil que era hacerlo, y aun lo intentó, pero no se encontró con vigor para ello.
 —«¡Oh fría, fría, terrible, espantosa muerte! ¡Tú puedes levantar aquí tus altares y rodearlos de todos los horrores que tienes á mano, porque estos son tus dominios. Pero cuando se trata de una persona querida y estimada, ni uno de sus cabellos puede servir para que ostentes tus tremebundas enseñanzas, ni hacer odioso ninguno de los rasgos del muerto. Y no es que es entonces no caiga su mano pesadamente si lo quieres así; no es que el corazón no deje de latir, pero aquella mano fue en otro tiempo dadivoso y leal; aquel corazón animoso y honrado: un verdadero corazón de hombre.
 Hiere, hiere, despiadada muerte: harás brotar de la herida del muerto las generosas acciones de éste; la honra de su efímera vida; el retoño de su existencia imperecedera.
 Ninguna voz pronunció al oído de Scrooge estas palabras, y sin embargo, él las oyó al contemplar al lecho. «Si este pudiera revivir, reflexionaba Scrooge, ¿qué diría ahora de sus pesados propósitos? Que la avaricia, la dureza del corazón, el afán de lucro ¡laudables propósitos! le habían conducido á una triste muerte. Ahí yace en esta mansión tan sombría y desierta. No hay ni un hombre, ni una mujer, ni un niño que puedan decir: Fue bueno para mí en tal circunstancia; yo lo seré ahora para él en memoria de su beneficio. Sólo turbaban aquel glacial silencio un gato que arañaba en la puerta, y el ruido de las ratas que bajo la piedra de la chimenea roían algo. ¿Qué iban á buscar en aquella habitación mortuoria? ¿Por qué demostraban tanta avidez y tanta excitación? Scrooge no se atrevió á pensar.
 —Espíritu, dijo: este sitio es verdaderamente espantoso. No olvidaré, al abandonarlo, la lección que he recibido en él: creedlo así: marchemos.
 El aparecido continuaba señalándole la cabeza del cadáver.
 —Os comprendo, y lo haría como me encontrara con fuerzas para ellos, mas no las tengo.
 El fantasma lo miró entonces con mayor fijeza.
 —Si hay alguna persona en la ciudad que experimente alguna emoción penosa a consecuencia de la muerte de ese hombre, dijo Scrooge con mortal agonía, mostrádmela espíritu; os conjuro á ello.
 El fantasma extendió un momento su negra vestidura por encima de él y recogiéndola después, le presentó una sala iluminada por la luz del día, donde se encontraban una madre y sus hijos.
 Esperaba á alguien llena de impaciencia y de inquietud, porque no hacía más que ir de un lado á otro de la habitación, estremeciéndose al más pequeño ruido, mirando por la ventana ó al reloj, haciendo por coser para distraerse, y pudiendo sufrir apenas la voz de sus hijos que jugaban.
 Por fin oyó el aldabonazo tan esperado y fue a abrir. Era su marido, hombre aun joven, pero de fisonomía ajada por los sufrimientos, si bien entonces revestía un aspecto particular como de amarga satisfacción que le produjera vergüenza y que tratara de reprimir.
 Tomó asiento para comer lo que su esposa le había guardado junto al fuego, y cuando ella le preguntó, al cabo de rato de silencio, con desmayado acento: «¿Qué noticias» él no quería responder.
 —¿Son buenas ó malas? insistió ella.
 —Malas.
 —¿Estamos completamente arruinados?
 —No, Carolina: todavía queda una esperanza.
 —Si él se ablanda. En ocurriendo tal milagro se puede esperar todo.
 —No puede enternecerse: ha muerto.
 Aquella mujer era una criatura dulce y resignada. No había más que verla para reconocerlo desde luego, y sin embargo, al oír la noticia, no pudo menos de bendecir en lo profundo de su alma á Dios y aun de decir lo que pensaba. Después se arrepintió y demandó gracia por su malvada idea, mas el primer arranque fue el espontáneo.
 —Lo que me dijo aquella mujer medio borracha, de quien os he hablado, a propósito de la tentativa que hice para verle y conseguir de él un nuevo plazo era cierto no era una evasiva para ocultarme la verdad. No solamente estaba enfermo, sino moribundo.
 —¿A quién será endosada nuestra deuda?
 —Lo ignoro; pero antes de que termine el plazo espero tener con que pagarla, y aun cuando no sucediera de este modo, sería el exceso de la desdicha que tropezáramos con un acreedor de corazón tan duro. Esta noche podemos dormir más tranquilos.
 Sí: á pesar de ellos mismos, sus corazones se sentían satisfechos. Los niños, que se habían agrupado cerca de sus padres para oír aquella conversación de la que nada comprendían, manifestaban en sus rostros estar más alegres: ¡la muerte de aquel hombre devolvía un poco de felicidad á una familia! La única emoción que el fallecimiento había causado era una emoción de placer.
 —Espíritu, dijo Scrooge: hacedme ver una escena de ternura íntimamente ligada con la idea de la muerte, porque si no aquella estancia tan sombría que me habéis presentado, estará siempre presente en mi memoria.
 El aparecido lo condujo por diferentes calles, y á medida que adelantaban, Scrooge iba mirando á todos lados con la esperanza de contemplar su imagen, pero no la vio. Entraron en la habitación de Bob Cratchit, la misma que Scrooge había visitado antes, y allí encontraron á la madre y á sus hijos sentados alrededor del fuego.
 Estaban tranquilos, muy tranquilos, incluso los enredadores pequeños. Todos escuchaban á Pedro el hermano mayor, quien leía en un libro, mientras que la madre y las hermanas se entregaban á la costura. ¡Aquella familia estaba positivamente tranquila!
 «Y tomando de la mano á un niño, lo puso en medio de ellos.»
 ¿Dónde había oído Scrooge aquellas palabras? De seguro que no las había soñado. Por fuerza debió ser el lector quien las pronunciara en alta voz, cuando Scrooge y el espíritu atravesaron los umbrales. ¿Por qué se había interrumpido la lectura?
 La madre colocó su tarea sobre la mesa y se cubrió la cara con las manos.
 —El color de esta tela me hace daño á la vista, dijo.
 —¿El color? Ah pobre Tiny.
 —Ahora tengo mejor los ojos. Sin duda la luz artificial me los cansa, pero no quiero á ningún precio que vuestro padre lo eche de ver. No debe tardar mucho, porque, ya está próxima la hora.
 —Ha pasado ya, repuso Pedro cerrando al mismo tiempo el libro. He advertido que anda más despacio hace unos días.
 La familia volvió á su anterior silencio y á su inmovilidad. Pasando un rato la madre tomó otra vez la palabra con voz firme, cuyo tono festivo no se alteró más que una vez.
 —Hubo un tiempo en que iba de prisa; demasiado tal vez, llevando á Tiny en los hombros.
 —Yo lo he visto, continuó Pedro; y á menudo.
 —Y yo también, continuaron todos.
 —Pero Tiny posaba poco, añadió la madre siguiendo en su tarea; y luego lo quería tanto su padre, que no era ningún trabajo para éste. Pero ahí le tenemos.
 Y corrió á recibirlo. Bob entró arrebujando en su tapaboca: bien necesitaba descansar aquel pobre hombre. Tenía preparado su té puesto al fuego, y hubo lucha sobre quién le serviría primero. Sobre sus rodillas se pusieron los dos niños, y ambos aplicaron sus mejillas á las de su padre como diciéndole: «Olvidadle padre; no estéis triste.»
 Bob se manifestó muy alegre con todos. A todos les dedicó un chiste. Examinó la obra de Mrs. Cratchit y sus hijas y la elogió mucho.
 —Esto lo acabareis antes del domingo.
 —¡El domingo! ¿Habéis ido hoy? le preguntó su esposa.
 —Sí, querida mía. De consentirlo esos trabajos que lleváis, hubiera deseado que viniérais conmigo. No puedes figurarte qué verde está el sitio. Pero lo visitareis con frecuencia. Le prometí que iria á pasear un domingo..... ¡Oh hijo mío! exclamó Bob; ¡pobre hijo mío!
 Y rompió á sollozar sin poder contenerse. Para contenerse hubiera sido necesario que no acabara de experimentar la pérdida de su hijo.
 Salió de la sala y subió á una del piso superior, vistosamente alumbrada y llena de guirnaldas, como en tiempo de Navidad. Allí había una silla colocada junto á la camita del niño, en la que se veían señales indudables de que alguno acababa de ocuparla. El pobre Bob se sentó también, y cuando hubo reflexionado un poco, y calmándose, imprimió un beso en la frente del niño: con esto se resignó algo y bajó de nuevo casi feliz.....  en la apariencia.
 La familia le rodeó y entablaron conversaciones: la madre y las hijas trabajaban siempre. Bob les habló de la singular benevolencia con que le había hablado el sobrino de Mr. Scrooge, persona á quien apenas trataba, el cual habiéndole encontrado aquel día y viéndole un poco.....  un poco.....  abatido ; ya sabéis: quiso averiguar, lleno del mayor interés, lo sucedido. Por este motivo, y observando que era el señor más afable del mundo, le he contado todo.—Siento mucho lo que me acabáis de referir, señor Cratchit, me ha dicho; por vos y por vuestra excelente esposa. A propósito: ignoro cómo ha podido saber él eso.
 —Saber ¿qué?
 —Que sois una excelente mujer.
 —¡Pero si eso lo sabe todo el mundo! dijo Pedro.
 —Muy bien contestado, hijo mío, exclamó Bob. «Lo siento, me ha dicho, por vuestra excelente esposa, y si puedo seros útil en algo, añadió entregándome una tarjeta, he aquí mis señas. Os ruego que vayáis á verme». Estoy entusiasmado, no sólo por lo que espero que haga en favor nuestro, sino por la amabilidad con que se ha explicado. Parecía sentir la desgracia de Tiny como si lo hubiera conocido; como nosotros mismos.
 —Estoy segura de que abriga un buen corazón, dijo Mrs. Cratchit.
 —Aun estaríais más segura si lo hubierais visto y hablado. No me sorprendería, fijaos bien, que proporcionase á Pedro mejor empleo que el que tiene.
 —¿Oís Pedro? preguntó Mrs Cratchit.
 —Entonces, dijo una de las jóvenes, Pedro se casaría, estableciéndose por su cuenta.
 —Vete á paseo, dijo Pedro, haciendo una mueca.
 —¡Caramba! Eso puede ser ó no puede ser: tantas probabilidades hay para lo uno como para lo otro, observó Bob. Es cosa que puede suceder el día menos pensado, aunque hay tiempo para reflexionar sobre ello, hijo mío. Pero sea lo que quiera, espero que cuando nos separemos, ninguno de vosotros olvidará al pobre Tiny ¿No es verdad que ninguno de nosotros olvidará esta primera separación?
 —Nunca, padre mío, gritaron todos á la vez.
 —Y estoy convencido, continuó Bob, de que cuando nos acordemos de lo dulce y paciente que era, aunque no pasaba de ser un niño, un niño bien pequeño, no reñiremos unos contra otros, porque esto sería olvidar al pobre Tiny.
 —No, nunca; dijeron todos.
 —Me hacéis dichoso: verdaderamente dichoso.
 —Mrs. Cratchit lo abrazó; sus hijas lo abrazaron; los pequeños Cratchit lo abrazaron; Pedro lo estrechó tiernamente. Alma de Tiny: en tu esencia infantil eras como una emanación de la divinidad.
 —Espectro, dijo Scrooge, presiento que la hora de nuestra separación se acerca. Lo presiento sin saber cómo se verificará. ¿Dime quién era el hombre á quien hemos visto tendido en su lecho de muerte.
 El aparecido lo transportó como antes, (aunque en una época diferente, pensaba Scrooge, porque las últimas visiones se confundían en su memoria: lo que notaba claramente era que se referían al porvenir) á los sitios donde se congregaban los negociantes, pero sin mostrarle su otro yo. No se detuvo allí el espíritu, sino que anduvo muy de prisa, como para llegar más pronto adonde se proponía, hasta que Scrooge le suplicó que descansaran un momento.
 —Este patio que tan de prisa atravesamos, dijo Scrooge, es el centro donde he establecido mis negocios. Reconozco la casa: dejadme ver lo que seré un día.
 El espíritu se detuvo, pero con la mano señalaba á otro punto.
 —Allá bajo está mi casa; ¿por qué me indicáis que vayamos más lejos?
 El espectro seguía marcando inexorablemente otra dirección. Scrooge corrió á la ventana de su despacho y miró al interior. Era siempre su despacho, más no ya el suyo. Había diferentes muebles y era otra persona que estaba sentada en el sillón: el fantasma seguía indicando otro punto.
 Scrooge se le unió, y preguntándose acerca de lo que había sucedido, echó tras de su conductor hasta que llegaron á una verja de hierro. Antes de entrar observó alrededor de sí.
 Era un cementerio. Allí, sin duda, y bajo algunos pies de tierra, yacía el desdichado cuyo nombre quería saber. Era un hermoso sitio, á la verdad, cercado de muros, invadido por el césped y las hierbas silvestres; en donde la vegetación moría por lo mismo que estaba excesivamente alimentada; ¡hasta el aseo con la abundancia de despojos mortales que allí había! ¡Oh qué hermoso sitio! El espíritu, de pié en medio de las tumbas, indicó una de estas, y Scrooge se acercó temblando. El espíritu era siempre el mismo, pero Scrooge creyó notar en él algo de un nuevo y pavoroso augurio.
 —Antes de que dé un paso hacia la losa que me designáis, satisfaced, dijo, la siguiente pregunta: ¿Esta es la imagen de lo que ha de ser ó de lo que puede ser?
 El espíritu se limitó á bajar la mano en dirección á una losa próximos á la cual se hallaban.
 —Cuando los hombres se comprometen á ejecutar algunas resoluciones, por ellas pueden conocer el resultado de las mismas; pero si las abandonan, el resultado puede ser otro. ¿Sucede lo mismo en los espectáculos que representáis a mi vista?
 El mismo silencio. Scrooge se arrastró hacia la tumba poseído de espanto, y siguiendo la dirección del dedo del fantasma leyó sobre la piedra de una sepultura abandonada:
EBENEZER SCROOGE
 —¿Soy yo, el hombre á quien he contemplado en su lecho de muerte? preguntó cayendo de rodillas.
 El espíritu señaló alternativamente á él y a la tumba; á la tumba y á él.
 —No, espíritu: no, no.
 El espíritu continuó inflexible.
 —Espíritu, gritó, agarrándose á la vestidura; escúchame. Ya no soy el hombre que era, y no seré el hombre que hubiera sido, á no tener la dicha de que me visitarais. ¿Para qué me habéis enseñado esto si no hay ninguna esperanza?
 Por primera vez la mano hizo un movimiento.
 —Buen espíritu, continuó Scrooge siempre arrodillado y con la cara en tierra; interceded por mí; tened piedad de mí. Aseguradme que puedo cambiar esas imágenes que me habéis mostrado, mudando de vida.
 La mano se agitó haciendo un ademan de benevolencia.
 —Celebraré la Navidad en el fondo de mi corazón, y me esforzaré en conservar su culto todo el año. Viviré en el pasado, en el presente y el porvenir: siempre estarán presentes en mi memoria los tres espíritus y no olvidaré sus lecciones. ¡Oh! Decidme que puedo borrar la inscripción de esta piedra.
 Y en su angustia cogió la mano de aparecido, quien quiso retirarla, pero no pudo al pronto por el vigoroso apretón de Scrooge: al fin, como más fuerte, se desasió.
 Alzando las manos en actitud de súplica para que cambiase la suerte que le aguardaba, Scrooge notó una alteración en la vestidura encapuchada del espíritu, el cual disminuyendo de estatura, se desvaneció en sí mismo, trocándose en una columna de cama.





1.   Ir a Alusión á la costumbre que hay en algunos partes de Europa de honrar los fallecimientos en banquetes, más ó menos espléndidos, según los medios de la familia.




QUINTA ESTROFA


Conclusión.


 Y era una columna de cama.
 Sí, y de su cama. Y más aún; estaba en su cuarto. El mañana era suyo y podía enmendarse.
 —Quiero vivir en lo pasado, en el presente y en el porvenir, repitió Scrooge, echándose fuera de la cama. Las lecciones de los tres espíritus permanecerán grabadas en mi memoria. ¡Oh Jacobo Marley! ¡Benditos sean el cielo y la tierra por sus beneficios! Lo digo de rodillas, mi viejo Marley; sí, de rodillas.
 Y se encontraba tan animado, tan enardecido con sus buenos propósitos, que su voz, ya cascada, apenas bastaba para ex presar el sentimiento que se los infundía. De tanto sollozar en su lucha con el espíritu, las lágrimas inundaban su rostro.
 —No los han arrancado, no, decía Scrooge abrazándose á los cortinajes del lecho; no: ni los anillos. Están aquí. Las imágenes de las cosas que hubieron podido suceder, pueden también desvanecerse; se disiparán; ya lo sé.
 Sin embargo no acertaba á vestirse. Se ponía al revés las prendas, volviéndolas en todos sentidos, sin atinar; en su turbación rompía las calcetas y las dejaba caer, haciéndolas cómplices de toda suerte de extravagancias.
 —No sé lo que me hago, exclamó riendo y llorando a la vez, y representando con su apostura y sus calcetas el grupo del Laconte antiguo y sus serpientes. Noto en mí la ligereza de una pluma; que soy felicísimo como los ángeles, alegre como un estudiante y aturdido como un hombre ebrio. ¡Felices Pascuas á todo el mundo! ¡Bueno, dichoso año para todos! Hola, eh, eh, hola.
 Y dando saltos se dirigió desde la alcoba hasta el salón, hasta que le faltó el aliento.
 —He ahí el perolillo con el cocimiento de avena, exclamó volviendo á los saltos delante de la chimenea. He ahí la ventana por donde ha entrado el espíritu de Marley. He ahí el rincón donde se ha sentado el espíritu de la Navidad actual. He ahí la ventana desde donde he visto las almas en pena. Todo está en su sitio: todo ha sucedido.... Já, já, já.
 Y á la verdad que para un hombre tan desacostumbrado á ella, la risa tenía mucho de magnífica, de esplendorosa: era una risa productora de muchas y muchas generaciones de estrepitosas risas.
 —No sé á qué día del mes estamos, continuó Scrooge. No sé cuánto tiempo he permanecido con los espíritus. No sé nada; estoy como un niño. Pero no me importa. Desearía serlo, sí; un niño. Eh, hola, upa, hola.
 El alegre repiqueteo de las campanas de las iglesias le sorprendió en medio de sus arrebatos.
 —¡Oh! hermoso, hermoso.
 Fué á la ventana, la abrió y miró hacia la atmósfera. Nada de niebla.
 Un frío vivo y penetrante; uno de esos fríos que alegran y entonan; uno de esos fríos que hacen circular la sangre en las venas con desusada rapidez; un sol de oro; un cielo brillante. ¡Hermoso, hermoso!
 —¿En qué día estamos? preguntó Scrooge á un jovencillo muy bien puesto, y que se habia parado sin duda para contemplar á Scrooge.
 —¿Eh? preguntó el jovencillo admirado.
 —¿Que en qué día estamos?
 —¿Hoy? Pues en el primero de Navidad.
 —¡El primer día de Navidad! ¡Luego no falto á él! Los espíritus lo han hecho todo en una noche. Pueden hacer lo que se les antoje. ¡Quién lo duda! Eh, joven.
 —¿Qué hay?
 —¿Sabes la tienda del comerciante de volatería que está en la esquina de la segunda calle?
 —Sí, por cierto.
 —He ahí un chico muy inteligente; un joven notable. ¿Sabes si han vendido la hermosa pava que tenían ayer de muestra? No la pequeña, la grande.
 —¿La que es casi tan grande como yo?
 —Cuidado que es encantador ese joven. Da gusto hablar con él. Sí, esa.
 —Todavía está.
 —Entonces ve a buscarla.
 —¡Qué chusco es el hombre!
 —No; hablo formalmente. Ve a comprarla, y di que me la traigan: yo les daré las señas de la casa adonde han de llevarla. Ven con el mozo y te daré un chelín. Mira: si vienes antes de cinco minutos, te daré más.
 Y el jovencillo salió como un rayo. No habría arquero que despidiese con tanta rapidez la saeta.
 —La enviaré á casa de Bob Cratehit, dijo Scrooge frotándose las manos y riendo. No sabrá quién la remite. Es dos veces más grande que Tiny. Estoy seguro que agradará la broma.
 Escribió las señas con mano no muy firme, pero las escribió como le fue posible y bajó á abrir la puerta de la calle para recibir al mozo portador. Mientras se encontraba allí aguardando, fijó sus miradas en el aldabón.
 —Te querré siempre, dijo acariciándole con la mano. ¡Y yo que nunca reparaba! Ya lo creo. ¡Qué expresión de honradez en la fisonomía! ¡Ah, excelente aldabón! Pero ya tenemos aquí la pava. Hola, hola. ¿Qué tal estáis? Felices Pascuas.
 ¿Era aquello una pava? no, no es posible que hubiera podido sostenerse jamás sobre las patas semejante ave; las hubiera tronchado en menos de dos minutos como si fueran barras de lacre.
 —Ahora caigo en la cuenta, dijo Scrooge. No podéis llevarla tan lejos sin tomar un simón.
 La risa con que pronunció estas palabras, la risa con que acompañó el pago del ave la risa con la que dio el dinero para el coche, y la risa con que, además gratificó al jovencillo, no fue sobrepujada más que por la estrepitosa risa con que se sentó en su sillón sin fuerzas, sin aliento.
 No pudo afeitarse con facilidad, porque su mano continuaba temblando, y esta operación exige gran cuidado, aunque no se ponga uno precisamente a bailar al ejecutarla. Sin embargo, aunque se hubiese cortado la punta de la nariz, con ponerse un pedazo de tafetán inglés, hubiera salido del paso sin perder por eso su buen humor.
 Se vistió con todo lo mejor que tenía, y una vez hecho, salió á pasear por las calles. Estaban henchidas de gentes, como cuando las vio en compañía del espíritu de la Navidad actual. Iba andando con las manos atrás, y mirando á todos con aire de satisfecho. Denotaba su aspecto tan grande simpatía, que tres ó cuatro jóvenes alegres no pudieron menos de decirle: «Muy buenos días caballero, felices Pascuas.» Scrooge afirmaba después que de todos los sones agradables que había oido, éste le pareció sin género de duda el que más.
 Al poco rato divisó al caballero de fisonomía distinguida, que había estado á verle la noche anterior, á verle en su despacho, preguntándole: «¿Scrooge y Marley?» A su vista experimentó un dolor penetrante en el corazón, pensando en la mirada que iba á dirigirle aquel caballero cuando lo viera; mas pronto comprendió lo que debía hacer, y apresurando el paso para estrechar la mano de aquel caballero, le dijo:
 —Señor mío ¿cómo estáis? Espero que habréis obtenido un magnífico resultado ayer. Es una tarea que os honra. Felices Pascuas.
 —¿Mr. Scrooge?
 —Sí señor, es mi nombre. Me temo que no suene muy agradablemente en vuestros oídos. Permitidme que me disculpe. ¿Tendríais la bondad...? (Entonces Scrooge le dijo unas palabras al oído.)
 —¡Dios mío! ¿Es posible? exclamó el caballero atónito. Sr. Scrooge ¿habláis formalmente?
 —No lo dudéis, ni un octavo menos. No hago más que pagar lo atrasado: os lo aseguro. ¿Queréis hacerme ese favor?
 —Señor, replicó el caballero apretándole la mano cordialmente: no sé como ensalzar tanta munifi...
 —Ni una palabra más, se lo suplico, interrumpió Scrooge. Venid á verme. ¿Queréis venir a verme?
 —Ciertamente, exclamó el caballero.
 A no dudarlo era su intención, se conocía en su aspecto y en el tono de voz.
 —Gracias, dijo Scrooge, os estoy muy reconocido y os doy miles de gracias. Adiós.
 Entró en la iglesia, recorrió las calles, examinó las gentes que iban y venían presurosas, dió cariñosos golpecitos á los niños en la cabeza, preguntó á los mendigos acerca de sus necesidades; miró curiosamente á las cocinas de las casas y después á los balcones: todo cuanto veía le causaba placer. Nunca hubiera creído que un sencillo paseo, una cosa de nada, le reportara tanta dicha. Después de medio día se dirigió á casa de su sobrino.
 Pasó y repasó varias veces por delante de la puerta antes de decidirse á entrar. Por fin se resolvió y llamó.
 —¿Está el señor en casa, hermosa joven? preguntó Scrooge á la criada. Pues señor, es una real hembra.
 —Sí, señor.
 —¿Dónde se halla, prenda?
 —En el comedor, con la señora. Si queréis os conduciré.
 —Gracias: me conoce, repuso Scrooge acercándose á la puerta del comedor: voy á entrar.
 Abrió el picaporte suavemente y asomó la cabeza por la puerta. La pareja estaba entonces inspeccionando la mesa (dispuesta para una gran comida), porque los jóvenes recién casados son muy quisquillosos acerca de la elegancia en el servicio; quieren cerciorarse de que todo va como corresponde.
 —Federico, dijo Scrooge.
 ¡Dios del cielo! ¡Qué temblor la entró a su sobrina! Scrooge había olvidado, en aquel momento, cómo se hallaba pocas horas su sobrina sentada en un rincón y con los pies en un taburete, si no hubiera entrado de aquel modo: no se hubiera atrevido.
 —¿Quién anda ahí? preguntó Federico.
 —Soy yo, tu tio Scrooge, vengo á comer: ¿Me permites que entre?
 —¡Que si se lo permitía! A poco más le descoyunta el brazo para hacerle entrar. A los cinco minutos ya estaba Scrooge como en su casa. El recibimiento del sobrino fue cordialísimo; la sobrina imitó el ejemplo, así como Topper cuando llegó, la regordetilla cuando entró y los restantes convidados cuando entraron. ¡Qué admirables compañía! ¡Qué admirables juegos! ¡Qué admirable unanimidad! ¡Qué ad...mi...ra...ble dicha!
 Al día siguiente Scrooge se fue temprano á su almacén; muy temprano. ¡Si pudiera llegar antes que Bob Cratchit y sorprenderle en falta de tardanza! Era lo que le tenía preocupado más agradablemente.
 Y lo consiguió: sí, tuvo ese placer. El reloj dio las nueve y Bob no aparecía. Nueve y cuarto y tampoco. Bob llegó con dieciocho minutos y medio de retraso. Scrooge estaba sentado y tenía la puerta de su despacho de par en par, para ver á Bob cuando se deslizara hasta su cuchitril.
 Antes de abrirlo Bob se habia quitado el sombrero, después el tapaboca y en un abrir y cerrar de ojos se instaló en su banqueta y se puso á manejar la pluma como si quisiera reintegrarse del tiempo perdido.
 —Hola, refunfuñó Scrooge imitando lo mejor que pudo su tono habitual: ¿qué significa eso de venir tan tarde?
 —Lo siento mucho señor Scrooge. He venido algo tarde.
 —¿Tarde? Ya lo creo. Aproximaos si gustáis.
 —No sucede más que una vez al año, señor Scrooge, dijo tímidamente Bob saliendo de su cuchitril. No me sucederá otra vez. Ayer me divertí un poco.
 —Muy bien, pero os declaro, amigo, que no puedo consentir que las cosas sigan así mucho tiempo. En su virtud, dijo, levantándose de la banqueta y dando un terrible empujón á Bob, que casi lo hizo caer; en su virtud os aumento el sueldo.
 Bob tembló y puso mano a la regla del bufete.
 Al principio tuvo el propósito de sacudir á su principal, de cogerle por el cuello y de pedir socorro á los transeúntes para que le pusieran una camisa de fuerza.
 —Felices Pascuas, Bob, dijo Scrooge con aire muy formal y dándole golpecitos en la espalda, de modo que el favorecido ya no tuvo dudas. Felices Pascuas, Bob, mi honrado compañero; tanto más felices cuanto que nunca os las he deseado. Voy á aumentaros el sueldo y á proteger á vuestra laboriosa familia. Hoy, después de medio día discutiremos acerca de nuestros negocios delante de un vaso de ponche. Encended las dos chimeneas, y antes de que empecéis vuestro trabajo id á comprar una espuerta nueva para el carbón.
 Scrooge cumplió todo lo que había prometido, pero aun hizo más, mucho más que cumplirlo.
 Para Tiny, que no murió, fue como un segundo padre.
 Se hizo tan buen amigo, tan buen amo, tan buen hombre, como el que más podía serlo en la vieja City ó en otro cualquiera punto. Algunas personas se rieron de esta transformación, pero él no se cuidó de ello, porque sabía perfectamente que en este mundo no ha sucedido nada de bueno que al principio no haya causado la risa de ciertas gentes. Puesto que tal clase de personas han de ser ciegas necesariamente, vale más que su enfermedad se manifieste por las muecas que hacen á fuerza de reír, que no de otra manera menos agradable. El también se reía, y en esto paraba toda su venganza.
 Con los espíritus no tuvo más trato, pero sí mucho con los hombres. Se cuidaba de sus amigos y de su familia, y durante el año no hacía más que disponerse para celebrar la Navidad, en lo que nadie le ganaba. Todo el mundo le hacia esta justicia.
 Hagamos por que digan lo mismo de vosotros y de mí, de todos nosotros y exclamemos como Tiny.
 ¡Que Dios nos bendiga!






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